SIN PERDÓN

Quisiera empezar mi editorial con unas sentidas disculpas. Me gustaría pedirles perdón por el retraso en la entrega de este escrito, que llega 23 días tarde. Una barbaridad teniendo en cuenta que se trata de una editorial mensual. Lo cierto es que, cuando me pongo a escribir, soy como una niña ante un texto de Wittgenstein: voy a palabra por minuto.

Gary Hill ideó este vídeo que tanta gracia nos hizo a Nikochan y a mí cuando lo vimos por primera vez en la Tate Modern. Desde entonces, lo he estado buscando sin éxito en Internet, hasta ahora. Gracias a algún desaprensivo, que ha grabado a hurtadillas parte de la pieza (la obra original dura más de 40 minutos) y la ha colgado en Youtube, he podido compartir con ustedes el vídeo. Sin embargo, este hombre ha incurrido en un grave delito, apropiándose indebidamente de la propiedad intelectual del artista. Por este motivo creo que él debería disculparse también. Aunque me pregunto qué pierde el artista con este acto altruista. Al fin y al cabo, la Tate Modern no cobra entrada a sus visitantes. Tampoco creo, además, que Gary Hill haya pagado derechos de autor por el uso que hace de la obra de Wittgenstein y, bien mirado, no sólo debería pagarlos, sino que tendría que dar una especie de indemnización por el daño que está causando a la imagen del filósofo. A quién se le ocurre grabar a una niña leyendo una obra de Wittgenstein, parece que el libro sea ininteligible y que su lectura sea una tortura. Y eso no es así (al menos, no del todo). Imagínense las ventas de Observaciones sobre los colores que se van a perder este día del libro por culpa del dichoso video.

Sí, señores, gentuza y artistas como Gary Hill son los responsables de que no se vendan las grandes obras de la literatura y del pensamiento humano. Ellos hacen que las obras más vendidas el 23 de abril sean librillos de autoayuda pseudofilosóficos y pseudoprofundos. Por este motivo también él debería disculparse. Por no hablar del trauma que ha creado a la pobre niña: ¿creen que algún día querrá volver a abrir una obra filosófica? ¡Claro que no! Esperemos, al menos, que no se trastorne hasta el punto en que lo hizo John Stuart Mill. Con tan sólo cuatro años, el padre de Mill le enseñó griego y, a los ocho, el muchacho ya había leído seis diálogos de Platón en su idioma original. Qué otra opción le quedaba al pobre hombre más que la de hacerse filósofo. Una vida echada a perder por culpa del propio progenitor. Y es que aquí no hay nadie que se salve. Ya lo dijo JC: quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra. Para todos los demás, Usted Perdone.

 

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