TIENES UN REALITY

Desde que convivo con Ariadna, mi colaboradora sexual, he aprendido más sobre Filosofía del lenguaje que durante todos mis años de estudio en la Universidad. Wittgenstein habló de la imposibilidad de un lenguaje privado y su argumento es potente porque, realmente, no tiene sentido el lenguaje sin intersubjetividad. Pero observándola a ella he comprobado que es posible usar expresiones que, siendo privadas, puede descifrarlas cualquier usuario competente del lenguaje sin necesidad de definiciones previas. Ariadna es capaz de entrar en una panadería y decirle al dependiente: “quiero un bollo con azúcar, pero que sea bolludo, por favor.” El contexto ayuda a deducir fácilmente que “bolludo” está siendo usado como alternativa a “mullido”, y para facilitar las cosas Ariadna suele hacer gestos con las manos para hacerle entender al panadero que lo que quiere es blando y esponjoso. Me gusta ir a comprar el pan con ella, como comprenderán. Es como si no tuviera presupuesto para pagar las expresiones oficiales y optara por parches de serie B, que no están en el diccionario pero dan el pego. Tiene suerte porque somos bastante flexibles a nivel lingüístico, por eso puede permitirse el lujo de “tirar la casa por el tejado”, “tener algo entre teja y teja”, quitarse el rimel de las “parpadillas” o escuchar el canto de los “pajarruelos”. No es la única que juega así con las palabras. De hecho, evolucionamos lingüísticamente porque somos creativos en el uso de las expresiones, no nos da miedo inventar. La creatividad de algunos, combinada con la flexibilidad de la mayoría, hace que nazcan constantemente nuevos usos del lenguaje que acaban institucionalizándose.

El ciruelo de Rasputín es roñejo: tiene roña acumulada por el paso de los años.

La semana pasada asistí a una reunión con Pablo, nuestro manager, y relató una de sus múltiples y pasmosas experiencias vitales. Se ve que acudió al hospital porque una muchacha ebria de la alta sociedad le había propinado un cabezazo. En la planta de psiquiatría, un tipo en pantalón de chándal corto subía y bajaba las escaleras reiteradamente para combatir un reciente ataque de ansiedad. “El tipo tenía un reality”, añadió Pablo para enfatizar. Usó la expresión dos o tres veces más, en otros contextos conversacionales, pero siempre en el mismo sentido y con éxito. Digo que tuvo éxito porque todos entendimos a qué se refería cuando decía que aquel tipo, aquella pareja o incluso aquella situación tenían un reality. Era la primera vez que asistíamos al uso de la expresión, pero todos sabíamos que se trataba de una síntesis de “ser digno de aparecer en un reality show por su carácter o su forma de comportarse”. Una clara adaptación postmoderna del “ser un tipo de película”, pero con mucha más precisión, porque un reality no es un producto audiovisual cualquiera, nos muestra personajes que responden a estereotipos muy particulares.  

Nuestro manager acompañado de una tía buena y de un señor que tenía un reality.

La expresión es una genialidad, a mi modo de ver, porque nos permite ser bastante exactos sin dar demasiadas explicaciones y, además, parte de una profunda asimilación de la cultura audiovisual contemporánea. Quien no haya seguido nunca un reality show pero conozca la expresión, será capaz de deducir el tipo de individuos que aparecen en estos espectáculos televisivos atendiendo al contexto lingüístico. Las palabras y los enunciados son, realmente, carpetas capaces de albergar una gran cantidad de información acumulada. Por eso es bueno que nazcan nuevas expresiones como ésta. Nos ayudan a fijar la información y a mantenerla organizada, lo cual es importante porque, como dijo un conocido filósofo de la calle y sargento de la Guardia Civil, “si no hay concepto, no hay hechos a los que referirse”. Él también tenía un reality, se lo puedo asegurar.

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