NO SON VIEJOS, SON DINAMITA

A los autores de esta web nos encantan los viejos. Nos vuelven locos. Tenemos la costumbre de guardar todas las fotos graciosas con las que nos encontramos navegando por internet en nuestro día a día. Esta costumbre es la causa, por ejemplo, de los distintos concursos de búsqueda de fotografías que hemos organizado. Y si hay algo que abunda en nuestra carpeta de imágenes son, sin duda alguna, los viejos. Nos hacen una gracia tremenda en cualquier situación en la que aparezcan fotografiados, por anodina que sea la escena. Sin embargo, esta peculiar gerontofilia se reduce al plano estético, al menos en mi persona. En lo que respecta a mi vida diaria, los abuelos (y no me avergüenza reconocer que las abuelas especialmente) me dan mucho miedo. Son gente violenta, desmedida, traicionera, de gustos y costumbres extrañas… y además gozan de total impunidad. Sólo hay que intentar pelear con ellos para coger asiento en el metro de cualquier ciudad. Nunca entenderé por qué prefieren refunfuñar, criticar, pisar, machacar y masacrar a pedirte amablemente que les cedas el asiento como haría cualquiera de nosotros.

La propuesta que quiero lanzar desde aquí es la de intentar jugar en su liga. Es la única manera de tratarlos con el respeto que merecen. No debemos discriminarlos por su edad. No tenemos que pensar que las abuelitas son seres frágiles y estúpidos. ¿Es que acaso nosotros de aquí a unos años querremos que nos consideren gente desvalida que lo mejor que puede hacer es esperar la muerte jugando al Burnout? (para entonces, jugar al Burnout equivaldrá a ver Cine de Barrio o algo así). Puede que los viejos de hoy huelan a naftalina, estén pegajosos y se les quede comida en la comisura de los labios, pero luchan por mantener su dignidad. Y eso hay que respetarlo. Si ellos son maleducados, seamos maleducados con ellos. Lo merecen, por humanidad.

Hoy, por ejemplo, mi novia estaba de rebajas en el Zara de l'Illa Diagonal y me ha llamado entre sollozos quejándose del codazo en el costillámen y posterior empujón que le ha propinado una señora mayor con el objetivo de quitarle el abrigo que estaba mirando (abrigo que, por otra parte, resulta impensable que una vieja pueda llevar puesto). Ella no se ha defendido pero me ha dicho que la ha "mirado jodidamente mal durante unos segundos para que se avergonzara de su comportamiento". No he conocido personalmente a la ancianita, pero si era lo suficientemente mayor les puedo asegurar que no ha sentido retraimiento alguno siendo el centro de ira del furioso entrecejo de mi fiancée. El único modo de establecer algo ligeramente parecido a una discusión amistosa con esa buena mujer hubiera sido devolverle el codazo. Yo creo que de este modo mi novia se hubiera ganado su respeto. Y a partir de ese momento hubieran podido mantener una relación de igual a igual. Pero, siendo realistas, ¿es esto posible?

El motivo de que las abuelas se comporten de este modo se debe a que cuando se han superado las seis o siete décadas de vida se está de vuelta de todo. Las viejas ya no necesitan demostrar nada a nadie, por lo que sus instintos se vuelven primarios y básicos. Ellas, con su cabellera escarchada y sus abrigos de color crudo, son espíritus libres. Los mecanismos de defensa social derivados del miedo al otro (como las normas básicas de educación y respeto) son muestras de debilidad propia de seres inferiores como nosotros. Ojala pudiéramos tratarlas como merecen, pero… ¡Ay! No podemos. La yaya no es sino una cuerda tendida entre el animal salvaje y el superhombre, una cuerda sobre un abismo. En la parte inferior de ese abismo estamos nosotros, sólo dignos de ver sus enaguas y recibir su profundo desprecio, víctimas de su violencia indomable.

Al menos, hasta que nos llegue el turno a nosotros. Y entonces, que se preparen los que estén abajo.

 

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