EL ESTADO DE DERECHO

En dos semanas me he dado cuenta de lo que nos perdemos los que acostumbramos a andar por la calle con los cascos enchufados al oído. El mejor jazz contemporáneo o la discografía entera de Pink Floyd no pueden igualar la calidad de algunas de las conversaciones que se escuchan en la calle. Ahora estoy viviendo en Madrid, una ciudad que apenas conozco, y no puedo permitirme el lujo de despistarme cuando viajo en metro. Se han acabado, al menos por el momento, esos paseos en los que el cuerpo te lleva a tu destino aunque tengas la cabeza metida en el Ipod, ajena a todo lo demás. Sin embargo, la renuncia al placer que conlleva el hecho de dejarse llevar al ritmo de la música ha resultado ser una fuente inagotable de sabiduría.

Antes era como ellos.

Los habitantes del subsuelo madrileño me han revelado en pocos días verdades absolutas que hasta ahora desconocía: existen, por si no lo sabían, unas ondas que el ojo humano no percibe, como por ejemplo las del teléfono móvil, pero algunas personas pueden, en ciertas ocasiones, percibirlas con los ojos, lo cual da lugar a un fenómeno físico muy raro que se conoce con el nombre de sinestesia. Esto lo aprendí de un joven que se parecía bastante a Alex de la Iglesia y que intentaba impresionar a una muchacha de mirada estrábica en la línea cuatro, dirección Argüelles. Pocos días más tarde, en la misma línea pero en dirección contraria, un niño de unos cinco años intentaba convencer a su madre de que había visto a un señor al que le faltaban dedos. Justo antes de entrar en el vagón, me había cruzado con el tipo en cuestión y sabía que el crío no mentía. La madre, sin embargo, intentó por todos los medios convencer a su hijo de que no hay personas sin dedos que vayan por ahí circulando como si tal cosa. “Te lo habrá parecido”, le decía, “quizá llevaba unos guantes de piel de esos que no tienen dedos, cariño”. No sé si ustedes también lo hacen, pero yo en estos casos me imagino a mí mismo levantándome e increpando a la señora: “Usted es de esas que se piensan que el mundo es una ilustración de Jordi Labanda. Pues no, señora, por ahí hay personas incompletas, sin manos, sin dientes, a veces sin cerebro, y si no educa al niño para que lo acepte, será de esos insoportables que se casan con mujeres florero, que no soportan los filetes poco hechos y que no entienden las películas con final abierto”. Entonces la mamá llora avergonzada, la gente se levanta, me aplaude, y mi rostro aparece en la portada del 20 Minutos.

"Cómo flipa el chaval..."

Esas ensoñaciones son geniales, de verdad se lo digo. Es por ellas que tardo media hora en ducharme, o que fijo la mirada en la pared como si me hubieran lobotomizado. En catalán, para decir que alguien no está en sus cabales, usamos la expresión “no hi és tot”, que significa literalmente “no está todo”. Yo admito que en ocasiones no estoy todo. Parte de mí se pierde en vagas digresiones, puedo soñar despierto durante horas si nada me interrumpe, sentado en un sillón pero también derecho. Por eso no puedo planchar. Porque soñando de pie masajeo las camisas con la plancha hasta que se desintegran. Lo mismo con la cocina: me limito a preparar bocadillos de jamón, platitos de cacahuetes y gelatina Royal. Recetas más complejas requieren la presencia de un tutor que supervise mis tareas. Y es que los ensoñadores como yo, los alelaos, somos discapacitados en cierto modo. Es una discapacidad leve, por supuesto, pero no deberíamos tomarla a la ligera. He tenido que cambiar de ciudad e irme a vivir solo para percatarme de que soy una persona dependiente. Esta situación no puede prolongarse porque existen unos Derechos Humanos, estamos en el Estado del Bienestar, y en este contexto es impensable que personas como yo tengan que plancharse los pantalones, tengan que prepararse la comida y tengan que asumir en el trabajo responsabilidades que son incompatibles con esos recurrentes viajes mentales que nos acechan día sí, día también. La conclusión de todo ello es clara: necesito que mis amigos, el resto de los esponjiformes, os vengáis a Madrid antes de que me quede sin camisas. No soy yo quien lo exige, colegas, es el mismísimo Estado de Derecho.

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