EL VECINO DEL ÁTICO

Para muchos, el cerebro no es más que el vecino del ático. Saben que está allí arriba pero sólo se acuerdan de él en contadas ocasiones, que suelen coincidir con episodios de migraña o inesperados golpes en la cabeza. Incluso hay gente que tiene el órgano en malas condiciones y ni siquiera se da cuenta. Es lo que tiene el cerebro, que a diferencia de un filete en la nevera no huele aunque se esté pudriendo.

En España existen asociaciones de borderlines -curiosamente, se llaman “asociaciones borderline”, como si fuesen borderline las asociaciones y no sus integrantes-, pero me temo que la comunidad científica las tiene un poco abandonadas. Ya me dirán, si no, por qué se realizan tantos trasplantes de corazón o de hígado y nunca se han dignado a trasplantar cerebros. Quizá el problema es que sin hígado no se puede vivir, pero con un cerebro regular vas tirando.

Yo soy de talante perfeccionista, no me gustan las cosas a medio hacer. Me enervan las personas de cerebro regular precisamente porque son como los cordones desatados o las puertas mal cerradas: con un pequeño empujoncito el problema estaría ya resuelto. El otro día, por ejemplo, en el control del aeropuerto, un guardia civil se puso a vaciar un bote de desodorante tras habérselo requisado a un viajero. Parecía que el tonto allí era el pasajero, que no conocía el reglamento, pero el verdadero zoquete era el agente de la autoridad, que estaba esparciendo por ahí un material potencialmente peligroso y, precisamente por ello, requisado.

Los controles del aeropuerto serán así en el futuro.

Después están estos reyes del encefalograma que, en el metro, escuchan riguetón con el móvil a toda pastilla sin pensar que existe un invento utilísimo engendrado por Sir Walkman en 1967. O las abuelas histéricas que te empujan al entrar en el autobús, o los que llaman por teléfono y preguntan con quién están hablando. Todos estos especimenes, que abundan hasta el punto de resultar alarmantes, necesitan sin duda que alguien les revise lo de arriba, aunque sólo se trate de ajustar la junta de la trócola. Por eso me alegra, y mucho, que la Universidad del País Vasco haya colaborado en la creación del primer banco de cerebros de España. La nota de prensa de la que saco esta información no dice explícitamente que el trasplante de cerebros sea uno de los objetivos de este banco, pero sin duda es un paso adelante. Es más: yo animaría a sus responsables a organizar jornadas de puertas abiertas para que los niños y los no tan niños visitaran la colección y se acordaran por una vez de nuestro amigo el cerebro. De momento, y por el bien de nuestra amada patria, yo ya he decidido ser donante.

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