EL PREJUICIO DE AUSENCIA

"A ver, muchacho, ¿tú sabes lo que es un semáforo? Entonces sabes griego."

Dr. Josep Maria Petit (in memoriam).

Hay que tomarse en serio a los semáforos. Y no estoy hablando de seguridad vial. Hay que tomárselos en serio incluso a nivel teórico, porque un simple semáforo puede convertirse en motivo de discordia, en una verdadera amenaza para la convivencia pacífica de las ciudades y sus gentes. Lo he comprobado. Cuando se enciende la luz verde, se pasa. Cuando se enciende la roja, se espera. En eso estamos todos de acuerdo, al menos en lo que respecta a la teoría. De acuerdo, muy bien. ¿Pero qué ocurre con esos semáforos que, en principio, están siempre en verde para los automóviles a no ser que el peatón anuncie su presencia pulsando un botón? Ay, amigos, en este punto la cosa se complica. "¿Tanto se complica?", preguntarán ustedes. Pues sí. Tanto se complica.

El mes pasado la asociación vecinal López de Hoyos de Madrid publicó en su boletín mensual un controvertido artículo titulado "El semáforo de la parada de metro de Alfonso XIII: ¿un placebo?". El semáforo al que se refiere este texto es, en términos de su autor, "de prejuicio de ausencia". Da por supuesto que no hay peatones a no ser que uno de ellos le comunique lo contrario. Muy bien, el semáforo con botón de toda la vida se llama ahora "de prejuicio de ausencia". Tomen nota porque a partir de aquí la cosa se complica aún más, si cabe. La tesis del autor -y estoy resumiendo mucho- es la siguiente: el botón del semáforo de la parada de metro de Alfonso XIII, ubicado en la calle López de Hoyos, estuvo averiado durante una semana y tres días. Cuando el peatón anunciaba su presencia pulsándolo, nada ocurría. Lo que pasa es que "hay testigos que certifican que el semáforo seguía poniéndose en verde para los peatones, aun cuando en teoría el prejuicio de ausencia no se había puesto en entredicho, tal como ocurría antes de la citada avería". La conclusión de muchos de sus usuarios, incluido el que firma dicho artículo, es que el botón no sirve para nada y que es un placebo. ¿Qué sentido tiene esto? Es una pregunta legítima, de sentido común, pues parece que no tiene ninguno. "Nos obligan a pulsar un botón porque quieren dar la sensación de que el ciudadano decide sobre los asuntos públicos, de que puede establecer cuándo el semáforo tiene que ponerse en verde y cuándo no. Estamos hablando, en definitiva, de manipulación en el contexto de una falaz democracia en la que creemos que nuestros votos sirven de algo".

Un vecino mirando con desprecio el botoncito de la discordia.

Detengámonos aquí, aunque sea para tomar aire. Imagino que se habrán dado cuenta de lo peligroso que puede llegar a ser un semáforo en manos de una comunidad tendente a la paranoia. El semáforo como arma de agitación social, incluso política. Y es tal el poder de seducción de las teorías conspirativas que el delirante artículo de la asociación López de Hoyos recibió una réplica que, lejos de mostrar la insensatez de la tesis conspirativa, partía de ella aunque para obtener conclusiones opuestas. Me refiero al texto titulado "Los beneficios del placebo: una defensa socialdemócrata del falso prejuicio de ausencia", publicado también en el boletín de la citada asociación vecinal. Sintetizando de nuevo, este segundo texto arranca con una acérrima defensa del placebo como herramienta médica y farmacológica, nombrando casos concretos y recurriendo incluso a la historia del ejercicio de la medicina. Los argumentos científicos se emplean para defender la legitimidad del semáforo de la parada de metro de Alfonso XIII, asumiendo desde el principio que, efectivamente, el botón no sirve para nada. Esta teoría ha sido refutada por el autor del primer artículo y por varios de sus secuaces, totalmente contrarios al semáforo. De hecho, se ha pasado de la teoría a la práctica: muchos de los vecinos del barrio han empezado a cruzar la calle haciendo caso omiso de lo que indica el semáforo, y los más atrevidos deciden regular el tráfico ellos mismos para demostrar que el peatón -representante aguerrido de la clase obrera- puede decidir por sí mismo acerca de sus condiciones de existencia, incluyendo éstas el funcionamiento del dichoso semáforo-placebo. Por supuesto, afirmar en voz alta que el botón funciona y que no hay ningún placebo -defender, en definitiva, la versión oficial- implica situarse en el grupo de los negacionistas. Lo cual puede acarrear miradas de desprecio, burlas y discriminación por parte de toda la comunidad vecinal. Yo soy negacionista en cuanto al semáforo de la parada de Alfonso XIII, no me da miedo reconocerlo. Y mi compañera sentimental, mal que me pese, ha llegado a sospechar y empieza a observar el semáforo con recelo. Como el tema está empezando a afectar a mi vida personal, he creído conveniente compartirlo con ustedes, aunque sólo sea para desahogarme. Entiendan que no puedo hablar de esto con nadie. Absolutamente nadie. Y me siento acorralado.

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