LOS PIRATAS

Hace un par de meses se estrenó la tercera parte de Piratas del Caribe. No fui a verla y probablemente tampoco la veré en DVD o en televisión. He oído que la piratería está acabando con la música de nuestro país y no quiero ver una película donde los piratas son los que ganan y se llevan a la chica. Estoy muy sensibilizado con el tema. La cultura no es cosa de juego, señores.

Me he estado documentando sobre el tema y he descubierto que piratas ha habido toda la vida de Dios, y no me refiero sólo al periodo que va del año 0 al 33, sino a toda la Historia. Un pirata es, en esencia, lo mismo que un bandolero o un asaltacaminos. La diferencia básica es que en vez de ir encima de caballos van encima de algún tipo de embarcación. ¿Por qué? Pues porque lo que suelen asaltar no son a otros caballos sino otros barcos. Y, tras algunos intentos fallidos, se dieron cuenta de que era realmente difícil abordar barcos con caballos, no porque los equinos no sepan nadar, que saben, sino porque no puedes atornillar cañones a un mamífero.

Los piratas básicamente andaban navegando por el mundo esperando que algún barco mercante se cruzara en su camino. Cuando esto sucedía se acercaban al mismo en son de paz e invitaban a la tripulación a comer cecina con guisantes o magret de tortuga en salsa de moras y ron. Una vez la tripulación del mercante se confiaba, los piratas izaban su bandera de color negro. Los inocentes mercantes decían “¡oh!” y “¡ah!” y los piratas hacían “¡arghh, arghh!” o quizá recitaban a Ovidio. Luego los piratas degollaban a los mercantes o los tiraban al agua sin esperar a que hicieran la digestión.

Mi abuela también aborda barcos.

Cualquier lector avezado habrá advertido que el elemento clave de la estrategia piratil es el factor sorpresa y, especialmente, la bandera pirata. Ésta consistía en un trapo teñido de negro con tinta de calamar o de sepia. Los gobernadores de entonces (normalmente gordos y feos pero de hijas inexplicablemente atractivas y con tendencia a enamorarse del tipo equivocado tras ser secuestradas por este) ya estaban hartos de ver que sus navíos (cargados de bolsos de piel, gafas de sol y partituras de Vivaldi) zarpaban y no volvían. Pensaron que la única manera de recibir algún tipo de compensación sería mediante lo que llamaron el “Impuesto del cefalópodo”: por cada sepia o calamar que se vendía el gobernador recibía un pequeño porcentaje. De este modo, cada vez que un pirata necesitaba volver a teñir su bandera (cosa harto habitual, pues la tinta del marisco no destaca por su permanencia) estaba devolviendo parte de su botín sin darse cuenta. Esta medida, junto a los ahorcamientos en masa basados en denuncias anónimas, hizo que la piratería entrara en franco retroceso durante el siglo XIX.

El panorama actual vuelve a ser desolador. Hace dos semanas un mercante fenicio que transportaba dos millones de unidades del último CD de Alejandro Sanz fue abordado por una goleta holandesa repleta de enfurecidas adolescentes sedientas de sangre. Las autoridades competentes sospechan que los discos fueron enterrados en alguna isla del Pacífico Sur.

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