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Manuel Cruz

Profesor de Filosofía Contemporánea de la Facultad de Filosofía de la UB

Manuel Cruz

Nosotros enviamos al doctor Cruz un cuestionario, el mismo que enviamos al resto de profesores. Como dábamos la opción de quitar o cambiar preguntas del mismo, él optó por cambiarlas todas. Aquí tenéis el resultado:

 

¿De qué presupuestos acostumbra a partir en sus clases de Filosofía contemporánea?

La enseñanza de cualquier período de la historia de la filosofía, del pensamiento, o de cualquier otra dimensión de la cultura, significa un recorrido, una travesía, por un segmento de nuestro pasado, y como todo recorrido tiene mucho de opción (por no decir apuesta, o convención). Creo que a lo que estamos obligados es, en primer lugar, a atender a los recorridos anteriores, esto es, a aquellas formas de organizar esa información que se tienen por establecidas. En ese sentido, el acuerdo entre historiadores de lo contemporáneo acerca de la importancia de filósofos como Heidegger, Wittgenstein, Popper, Adorno o el galardonado Habermas (lo digo por lo del Príncipe de Asturias) debe ser un elemento ineludible. Pero a eso hay que añadirle la perspectiva –ya no forzosamente coincidente con las heredadas- que tiene el historiador de la filosofía –yo en este caso- en cada momento, perspectiva particular que he intentado incorporar a mi reconstrucción.

¿No cree, pues, que tenga sentido elaborar un inventario del pensamiento del siglo XX y de lo que perdura de ese pensar?

La palabra “inventario” parece aludir a una voluntad de exhaustividad, o de neutralidad, por lo que mi primera respuesta espontánea sería “no”. Pero si matizamos la cosa y se reformula la pregunta en el sentido de si en mis clases pretendo recoger lo perdurable de lo pensado en el siglo XX, aún a sabiendas que esa pretensión está abocada al fracaso, entonces la respuesta sería afirmativa. No me cuesta recordar las historias de la filosofía (o de la literaratura) con las que yo estudiaba a finales de los 60 para darme cuenta lo fácil que es equivocarse a este respecto: la mayor parte de los “autores recientes” de aquel momento han pasado al olvido, y los que luego se demostró que tenían interés eran despachados por el sagaz historiador como modas sin relevancia ninguna.

Tanto en sus clases como en algún texto suyo, parece preferir la opción de profundizar en el pensamiento de los filósofos más importantes de los últimos tiempos frente a un enfoque más informativista y horizontal ¿Hay una jerarquía predominante entre filósofos o corrientes?

Sin duda, como la ha habido siempre (aunque no haya sido siempre la misma, claro está). Si, para no hacer la cosa demasiado abstracta, nos referimos a la situación en España, el cambio es bien evidente. De la hegemonía que tenía en ciertos ambientes el marxismo a finales de los sesenta y principios de los setenta, con una filosofía analítica revestida de un aura de progresismo, y una hermenéutica muy en segundo plano, hemos pasado a una situación en la que ésta, en sus múltiples variantes (y si consideramos, como muchos han hecho, al propio Nietzsche como un hermenéuta, la situación todavía está más clara) ha pasado a ocupar un lugar dominante, la analítica ha recuperado su verdadera dimensión de discurso técnico, y el marxismo ha pagado las consecuencias del hundimiento del socialismo real.

¿Qué papel ha de jugar la Filosofía en el análisis de los principales acontecimientos de los últimos años (Afganistán, 11- Septiembre, Guerra de Irak...)?

Me conformaría con que fuera capaz de jugar algún papel, esto es, que sirviera para introducir algún tipo de racionalidad y sensatez en una situación que está derivando crecientemente hacia el absurdo, sin más criterio de sentido por parte de quienes tienen poder que el cálculo electoral a corto plazo.

¿Qué percepción tiene el filósofo de la sociedad actual?

Si propusiera una respuesta a una pregunta tan ambiciosa, probablemente estaría incurriendo en los peores defectos de los filósofos tradicionales, capaces de referirse a la totalidad del mundo, o de la sociedad, como si fuera un objeto abarcable y sobre el que, por añadidura, el filósofo tiene algo específico que decir. El filósofo percibe aquello que también es perceptible por el común de los mortales, sólo que, en el mejor de los supuestos, repara en aspectos que a éstos se les escapan. Lo que, sin duda, no puede dejar de percibir el filósofo es ese profundo desorden constituyente que parece estar en el origen del sinfín de injusticias, violencias y contradicciones en el que vivimos inmersos.

¿Por qué piensa que no fue posible el proyecto, quizás más poderoso del siglo pasado, la transformación de la sociedad?

No siempre triunfan los que tienen razón: a menudo lo hacen los que tienen la fuerza simplemente. Pero dicho eso –lo que es como decir: el triunfo del capitalismo por sí solo no acredita su bondad-, resulta necesaria una autocrítica del modo en que tanto el socialismo real como las fuerzas políticas que, en otras zonas del planeta, se reclamaban de él, han desarrollado su proyecto. Porque si, como se suele decir, en el modelo marxiano se articulan tres niveles –el científico, el ético y el político, por decirlo muy rapidamente- el fracaso lo ha sido, a mi entender, básicamente del tercero.  Y es altamente probable que ese fracaso tenga que ver con un déficit, profundo y antiguo, de genuina cultura política democrática.

¿La debilidad de la memoria histórica debilita el compromiso político y social?

Sin duda, pero me temo que en este momento, en el que la batalla de la memoria histórica en gran medida se ha perdido, habría que poner el acento en el proyecto, en la perspectiva de futuro. Continuar lamiéndonos las heridas es una pérdida de tiempo o, como decía Valente, “lo peor es creer tener razón por haberla tenido”. Se tuvo razón, pero se han cometido demasiados errores, tanto en el corto plazo como en las presuntas “grandes políticas”, como para que nos ofrezca genuino consuelo lamentar la debilidad de la memoria. 

¿No piensa que el orden que ahora tenemos es de una extrema fragilidad?

Sobre eso no tengo la más mínima duda. Y si alguna vez me asalta alguna, el siguiente telediario se encarga de desvanecérmela.

Se habla continuamente de seguridad. ¿El miedo a la inseguridad está encerrando a la sociedad y dejando los gobiernos a élites conservadoras?

El tema de la seguridad ha sido, de antiguo, uno de los temas favoritos de los gobiernos conservadores, que lo utilizaban precisamente para reafirmar algún orden de maldad natural del hombre, que necesitaba de la intervención del poder para controlarla, frente a las fuerzas progresistas, que negaban la naturalidad del mal y lo achacaban a las condiciones económicas, sociales, etc. Habría que atender a la sugerencia de Giddens a este respecto: no hay problemas de derechas o de izquierdas; lo que son de izquierdas son las soluciones que se proponen. El que un ciudadano –pongamos por caso un honrado obrero que vive en el cinturón industrial de Madrid- esté severamente preocupado por la inseguridad ciudadana, tema que su hija pueda sufrir un asalto sexual, etc., no lo convierte automáticamente en sospechoso de ser un votante de Aznar. Dicho ciudadano puede ser perfectamente consciente de que las causas profundas de la inseguridad son estructurales, e incluso estar a favor de cuantas políticas sociales, de integración, o de reeducación, hagan falta. Pero además, sólo faltaría, reclama que se tomen medidas a corto plazo. Algo falla cuando una reacción tan comprensible (e incluso sensata) a algunos sectores de izquierda les parece irritante, o les descoloca.

Bush y Bin Laden hablan de dios, del bien y el mal... ¿Qué diferencia hay entre ambos?

Tal vez cuando hablan de dios, del bien y el mal, las diferencias no sean relevantes. Pero no son esas las únicas diferencias a que hay que atender. No iríamos bien –quiero decir, estaríamos muy próximos a recaer en viejos errores- si no tuviéramos en cuenta, con todos los matices que hagan falta, las enormes diferencias políticas que existen entre los contextos desde los que cada uno de ellos habla.

Usted ha escrito hace no mucho acerca de la impresión que le causaron las conmemoraciones del primer aniversario del  11- septiembre. ¿Qué reflexión hace? ¿Hacia donde vamos?

No me gusta nada hacer afirmaciones tan sumarias, pero la verdad es que la conmemoración del 11 de septiembre parecía más orientada a preparar la futura intervención en Irak que a otra cosa (como acabamos de ver). Y, en todo caso, ha sido una prueba flagrante de la mentira que se esconde bajo esa tópica afirmación según la cual importa conocer el pasado para no repetir sus errores. ¿Qué hemos aprendido de ese tipo de conmemoración? ¿Qué somos los buenos? ¿Qué estamos dispuestos a hacer para que eso no se repita? ¿Intentar detener a Bin Laden? Francamente, si de esto último se trataba, para semejante viaje no hacía falta alforja alguna (ni que todas las cadenas de televisión se desplazasen a Nueva York para emitir desde allí sus informativos).

Cuando usted ha de referirse a la filosofía en España, acostumbra a mencionar el nombre de Ortega y Gasset. ¿Seguimos siendo una generación sin maestros?

La razón de mi preferencia se debe a que Ortega es el autor español más conocido fuera de nuestras fronteras. Basta con hojear los catálogos de las principales editoriales alemanas o norteamericanas para constatar que es casi el único español considerado como uno de los grandes. Pero eso es distinto a que no haya habido maestros. Por citar los casos que me resultan más próximos: no cabe echar en saco roto la influencia de pensadores como Tierno, Aranguren, Sacristán, Emilio Lledó o José Luis Aranguren. El problema en nuestro país no han sido los maestros, sino los discípulos. Para muchos, parece que es de buen tono poder repetir eso, tan tópico, de “no le debo nada a nadie”, lo cual es tan absurdo como materialmente imposible. Vivir en sociedad es entrar en un entramado de colaboraciones, aportaciones e intercambios en el que unos, casi por ley de vida, se benefician y otros no esperan nada a cambio. Aceptar tal cosa no le coloca a quien lo hace en una posición de desdoro alguno.

 

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