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ALQUILER CON INQUILINO

 

La semana pasada recibí un correo electrónico de estos en los que alguien a quien no conoces intenta convencerte de que hay que cambiar el mundo. Imagino que muchos de ustedes lo habrán recibido también. El mensaje en cuestión incluía este texto: Queremos todos una vivienda digna, una vivienda en la que podamos vivir y fundar nuestras familias sin estar destinando más del 50% de nuestro sueldo para pagarla. Si de verdad te importa tu futuro ¿estarás allá sentado con tus colegas? La gente se queja de que el precio de las viviendas es alto, pero lo que sale realmente caro es fundar una familia. Después de haber pagado un pastón durante años, uno acaba dándose cuenta de que la familia que ha fundado ni siquiera es digna, y que con lo que ha pagado para mantenerla podría haber comprado varias viviendas.

Dejando el análisis socioeconómico a un lado, me gustaría hablarles de Samuel L. Farey, un magnate del negocio inmobiliario al que recordé cuando leí el correo electrónico. L. Farey empezó vendiendo jaulas para animales exóticos en una tiendecita de Holbourn y acabó siendo el dueño de varias urbanizaciones de lujo que alquilaba a precios desorbitados. Sin embargo, su vida no era la de un hombre rico y despreocupado. L. Farey tenía un hijo que no estaba muy bien de la cabeza. Se hacía llamar Henry o Astro de Fuego, dependiendo de su estado de ánimo. No parecía tener ambiciones, no hablaba con nadie, vivía encerrado en sí mismo. “Henry, ¿qué quieres hacer en la vida?”, le preguntaba su padre. “Me gustaría escupir un moco que cubriera la Tierra y que pudiera abrigar a los desamparados”, respondía su hijo hablando totalmente en serio. Un amigo de L. Farey que era psiquiatra explicó claramente cuál era el problema principal del chico: “Henry no se relaciona con nadie, lo cual es bueno para la Humanidad pero no muy bueno para él”. Con el fin de despertar el interés de Henry hacia sus congéneres, L. Farey le regaló un montón de revistas pornográficas el día de su cumpleaños. “Mira, Henry, mientras tú estás encerrado aquí mirando fijamente a la pared, hay millones de chicas como estas esperando a muchachos como tú en la calle”. Henry revisó por encima el material que le había entregado su padre. Hizo un gesto de desaprobación y sentenció: “el coño es una boca sin dientes que no tiene nada que decir”. Acto seguido, volvió a recluirse en su mundo interior, convirtiendo a L. Farey en un ser confuso y sin esperanza.


Henry-Astro de Fuego.

Al cabo de unos meses, y sin motivo aparente, Henry abandonó su habitual mutismo y, sentado encima de los fogones de la cocina, declaró: “papá, quiero estudiar el comportamiento humano. Quiero saber cómo vive la gente”. Inicialmente, L. Farey no supo cómo reaccionar ante aquella declaración, pero pronto tuvo una idea brillante que él mismo denominó “alquiler con inquilino”. La empresa de L. Farey alquilaría la mejor de sus viviendas de lujo por un precio ridículo, a cambio de que el cliente que la alquilara aceptara convivir con Henry. Este era el trato. La casa estaría a disposición del cliente, incluyendo la piscina, el jacuzzi, el jardín y las pistas de tenis, pero el señorito Henry-Astro de Fuego tendría que vivir allí como huésped, con todas las consecuencias que ello implicaba: cagarros escondidos detrás de las cortinas, gritos y cánticos en plena noche, ardillas en la nevera, etcétera. L. Farey conocía bien a su hijo y sabía que aquella casa cambiaría de manos continuamente. Pero era precisamente lo que su hijo quería: conocer gente distinta, convivir con otros, abrirse al mundo.

Diez familias intentaron aguantar en aquella vivienda de ensueño. Sin embargo, pronto desistieron. La convivencia con Henry era muy difícil, especialmente si había niños en casa. Los Rockney se rindieron el día en que su hija Cindy apareció con el cabello lleno de mierda. “Henry, ¿qué le has hecho?”, exclamó la señora Rockney. “El papel de váter me desnaturaliza”, respondió impasible Astro de Fuego. Cada vez eran menos los clientes interesados en aquella casa. Los rumores circulaban y todo el mundo sabía que aquello no era un hogar sino un infierno. Un infierno de lujo, pero infierno al fin y al cabo. Pero Henry se sentía a gusto allí, rodeado de gente, observando el comportamiento humano. L. Farey acabó ofreciendo la casa sin pedir dinero a cambio para contrarrestar la mala fama que estaba adquiriendo su alquiler con inquilino. Fue entonces cuando Henry conoció a los Bridgen, un matrimonio excéntrico interesado en el arte de vanguardia. Contra todo pronóstico, la convivencia de Henry con aquellos artistas posmodernos acabó forjando una amistad indisoluble. “Señor L. Farey, su hijo lleva a un artista en su interior. Lo que todos llaman demencia es en realidad sensibilidad extrema. Henry percibe parcelas de la realidad que los demás no vemos”. Esta era la opinión de Roger Bridgen, cuyos contactos en el mundo del arte contemporáneo convirtieron a Henry en uno de los artistas y performers más cotizados del momento. En casi todas las galerías importantes de los Estados Unidos es posible encontrar obras de Henry, ya sean pinturas, esculturas o videoinstalaciones. La lucha incansable de su padre por su felicidad y la ayuda indispensable del azar hicieron que aquel chaval acabara encontrando su lugar en el mundo.


“Aparcado en un condón sin acritud”, obra de Henry-Astro de Fuego.

 

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