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BAILÉN 155, SEÑORITAS

POR EL MORO JUAN

 

Si te tomabas una cerveza en la barra de “La Cantonada” podías ver tras la ventana, al otro lado de la calle Bailén, un edificio que, aunque discreto, era y sigue siendo “el 155”, un prostíbulo que ronda los cincuenta años de antigüedad. Este texto que sigue a continuación no narra una historia en el sentido clásico del término, con un principio y un final, sino que es una excusa para recoger en un relato a individuos con nombre y apellidos que frecuentaron aquellos lugares, y convertirlos en seres de ficción durante unos minutos.

Téngase en cuenta que algunos de estos personajes se expresan con un registro lingüístico no usual, además de que puedan recurrir a construcciones gramaticales complicadas.

Los personajes

Rafael: el simpático encargado del bar y, para los clientes, el alma de “La Cantonada”. 

Pepe: ingeniero en infusiones y carajillos, es su ayudante.

“Cheli”: su nombre completo es Marcelino. Tiene nombre de conserje y es que lo es, pared con pared respecto a “La Cantonada”. Es un hombre muy servicial, capaz de cambiar el coche de Rafa o de Pepe aparcado en doble fila por un tubo de cerveza.

“El equipo A”: son los miembros que integran la partida de domino por parejas cada tarde a partir de las seis: dos tapiceros, un carpintero (Sr. Antonio) y, a veces, el propio “Cheli”. Si juega el “Cheli” hay bronca segura, ya que no sabe jugar muy bien.

“Sonia” y “Deborah” (con “h” aspirada): son las únicas dos prostitutas del “151” que frecuentan “La Cantonada”. El resto suelen comer en el piso y los camareros les suben la comida. Sólo bajan al restaurante por la tarde a pagar el menú. Sonia es la más veterana y con más sentido del humor.

“El Willi”: un ex-abogado nacido en el seno de una familia con mucha pasta que, según las malas lenguas, vive de pensión por enfermedad mental desde que le abandonara su mujer y perdiera el juicio, valga la redundancia. En las conversaciones se autodeclara pacifista. Cabe insistir en que es un “ser” tremendamente frágil, muy frágil, además de lo del pacifismo.

Diego: ha trabajado ocho meses en diez años, también vive “pared con pared”, pero mejor lo descubrimos después, o si no que se descubra él mismo.

Laureano: es, en tres palabras, el encargado del “puticlub”. Es un gay rubio de bote, supera los 50 tacos, como si hubiera salido del “Cosmos” del Barrio Chino, es decir, digno de estudio por parte del MIT. Laureano es fiel devoto de la Virgen del Puño, aunque lleva un lifting facial de medio Kilo (de las antiguas pesetas); es bastante pesetero y en “La Cantonada” sigue interpretando el papel con el que se gana la vida, pero sin dejar de ser humano.

 

10:00 A.M.

Laureano (sin decir hola):

¡Oye, nene, Pepe, hazme un cafelito bien bueno, bien cargadito! -murmura en voz baja mirando tras la ventana el “155”- Estoy hasta el coño de estas niñatas, la madre que las parió...

Y de nuevo vuelve a la carga con su “papel” de víctima, y con su “pluma”:

Me lo pones para llevar que arriba tengo una botellita de “Cardenal Mendoza” (brandy de sibaritas), a lo mejor le vendo a algún cliente el carajillo como una buena copa (pero lo dice riéndose a ver si Pepe se ríe también). Que tengas un buen día.

Pepe:

No hay de qué.

 

11:30 A.M.

Normalmente las señoritas de día entran a trabajar a las 11:00 o algo antes. Entra una chica que pide un “Martini” y el cambio del billete con el que paga en monedas para jugar a las “tragaperras”.

Rafa:

Pepe, ya verás como esa...

Pepe:

¿Por qué? ¿En qué lo has notado?

Rafa:

En que lo lleva escrito en la frente. Cuando lleves diez años detrás de una barra seguimos la conversación.

A los diez minutos la chica llama al timbre del “151”.

 

12:00 A.M.

Cogemos a media conversación a “Sonia”, mujer veterana en su profesión, hablando con el vendedor de cupones del barrio.

Sonia:

Como te decía, nosotras, de tanto en tanto, hacemos “paelleras” (son esos clientes que sólo se lavan después de hacer el amor y lo hacen tres o cuatro veces al año). Sigue: Pero cambiando de tercio, hoy me viene un fistro (cliente) y me pide que me eche encima de él y luego que le ponga el pié en la cabeza, en ese orden.

El vendedor de cupones:

Haberle dicho: ¡¡Sí, claro... y después te meto una patá en el “cielo” de la boca a ver si te hacen los dientes “moto-cross”!!

Sonia:

Luego me dijo que se llamaba Gonçal y que era “profe” de filosofía, y después de subirse la bragueta (la cremallera del pantalón) me dice: “has venut l’ànima al diable y perds part de la teva autonomia com a subjecte”. Y yo le dije “fijate... qué moderno nos ha salido”,  y le contesté:  “de eso nada, yo me gano la vida con el que mejor me pague, capullín”.

 

6:05 P.M.

Empieza la partida del Equipo A. Juega hoy el “Cheli”. Se juega por parejas y “Cheli” juega junto al Sr. Antonio (carpintero) contra los hermanos de la tapicería. El comedor de “La Cantonada” para ellos solos. De momento la partida se desarrolla en plena normalidad... hasta que de repente el “Cheli” cierra la partida sin darse cuenta.

Sr. Antonio:

Me cago en la madre que parió al demonio. ¡¡Pa qué cierras!! ¿No ves que tengo todos los seises y todos los cinco?

“Cheli”:

Cojones, pero es que iban a dominar. Tú antes has cerrao y no te he dicho nada.

Sr. Antonio:

Pocas veces, contadas, me verás a mi cerrar. Al contrario, más bien me oirás decir: “...sus abro”.

Y así sigue la partida.

Sr. Antonio:

Mira Marcelino, o “Cheli”, te voy a decir una cosa con la mano en el corazón: tú eres más cerrao que uno que juega conmigo los domingos a la petanca. Yo a ese siempre se lo digo y se lo repito cuando jugamos a la petanca: “...Paco tú dale al boliche, me entiendes... tú dale al boliche que yo llevo años en la petanca, tú dale al boliche que yo me encargo de sacar del medio las bolas que queden del otro equipo, pero... “tú-dale-al-boliche”, no me jodas cojones, sé razonable.

 

6:45 P.M.

El “Willi” sale de “151”. De lejos parecía como si S. Kierkegaard hubiera resucitado y se dirigiera hacia el bar, porque el “Willi” venía con un brazo escayolado sobre el que llevaba la chaqueta y cojeaba del lado inverso al del brazo escayolado.

Pepe (anticipándose):

¡¡Qué pasa Willi!!

Willi:

Oye, prepárame seis cafés con leche con dos croissants para las niñas de arriba, y si me haces el favor lo dejas en el ascensor que ya las he avisado, macho, que yo no puedo con la bandeja...

Pepe:

Déjalo en mis manos, Willi.

Después de preguntar siete veces si la leche estaba caliente, como si hubiera sufrido una embolia, Willi, con unas manos sucias como si hubiera estado trabajando de estibador en Drassanes, mete su dedo índice en tres “con leche” de los seis, al mismo tiempo que arrastra la nata de cada uno de ellos sin darse cuenta; tras quedarse tranquilo en su comprobación, le pregunta a Pepe por el lavabo. Pepe llama por teléfono al “151”.

Pepe:

¡Hola! Soy de “La Cantonada”, os mando la bandeja en el ascensor, pero no cojáis los “con leche” que los ha probado el Willi, sólo comeos los croissanes (...) Nada, no hay de qué. Sí, sí, no... yo ya tengo novia, pero gracias por pensar en mí, adéu (cuelga el teléfono).

Pepe cruza rápido la calle y pica al timbre del “151” para que las chicas llamen al ascensor; vuelve rápido al bar.

Vuelve el Willi:

Oye Pepe, ¿te he pedido algo para las señoritas?

Pepe:

Sí.

Willi:

¿Y ya se lo has subido?

Pepe:

Sí. Te veo hecho una mierda, me refiero físicamente por supuesto: la escayola, etcétera.

Willi:

Tú te crees la paliza que me dieron un matrimonio porque me puse a cantarles  “una de Dylan”, tío, ahora sólo puedo saludar como Hitler, me han metido tres clavos en el puto brazo.

Pepe:

¿Cuál cantabas? 

Willi:

Cantaba “La chica del Norte”.

Pepe:

Pues si lo haces con Johnny Cash os pegan a él y a ti; bueno, con las dos guitarras aún haríais algo.

Diego a la hora de cerrar. Pepe reconoce la voz o los gritos que da Diego cuando habla en la calle. Diego está en pijama en la calle hablando con un paisano suyo mientras está con su perro, super cutre, más cutre que toda Radio Tele-taxi junta (dicen que a veces los perros recuerdan en algo a su dueño y a la visconversa).

Diego (sin decir hola):

Ponme un “caco-lat” y le echas un chorrito de Pipermint, para quitarle el sabor.

Pepe:

Diego, qué te cuentas.

Diego:

No, que venía hablando con mi compadre que qué malo está tóo. Tanto luchar en esta vida y, total, pa ná.

Rafa:

Oye, Diego, tú ten cuidado, a ver si te va a estar alguien echando el “mal de ojo” (Rafa lo provoca pero “de buen rollo”).

Diego:

No me hables del “mal de ojo” que en nuestra familia todos tenemos poderes, todos somos curanderos pero no podemos ejercer porque si no nos pasa el daño y el veneno que llevan los otros por los nervios, por la sangre o... por lo que sea (quiso decir por donde sea).

Rafa y Pepe al unísono:

Explícate.

Diego:

Nuestra familia tiene que llevar cuidado con esas cosas: PUES NO QUE ESTÁBAMOS YO, MI HERMANA Y MI SOBRINA NADA MÁS QUE HABLANDO, POR ENCIMA, DE NUESTRAS COSAS, Y LE SALTARON LOS CUCHILLOS PATRÁS... DE LOS CAJONES.

Pepe ya está con las lágrimas en los ojos y le empieza a dolerle la cara de reírse.

Rafa:

Tú a mí nunca me habías hablado de esas cosas raras. El Pepe también sabe de cosas raras: tú le pones delante una caja de yogures y en dos minutos desaparece.

Diego:

Oye Rafa, ¿ya habéis hecho la cafetera?

Rafa:

¿Tú para qué quieres saberlo?

Diego:

Rafa, hazme un favor, saca los tres mangos de la cafetera ahora mismo y sepárame el “lumunba” (el cocktail) en aquel rincón, que necesito espacio en la barra.

Diego hace callar al perro, que lo mira y le ladra desde la calle, y lo ata en el árbol.

Diego:

Es que necesito concentración y el “animal” me desconcentra.

Diego coloca con cuidado los tres mangos de la cafetera sobre el mostrador mientras le empieza a brillar la frente del sudor. Empieza a mirar los tres mangos, les clava la mirada, y seis segundos después de entrar en trance levanta de repente la cabeza mirando hacia el fluorescente y sonriendo como si hubiera sentido la mirada de Dios. Al instante vuelve a ser el Diego de siempre.

Diego (mirando excitado a Pepe):

¿Tú lo has visto? ¿Lo has visto como el del medio “ha tirado” para la izquierda? Yo estaba mirando “entremedio” de los tres mangos y ese ha saltao... p’allí.

Rafa ve como Pepe está en el suelo de la risa, mirando el lavavajillas. Llega el gran jefe de “La Cantonada” a “hacer caja” y se percata de la situación.

Jefe (señalando a Diego):

¿Este qué hace aquí?

El jefe no le deja hablar.

Jefe:

Tú lo que tienes que hacer es pagarme una cuenta que tienes ahí (señalando la caja registradora) con doce medianas de hace más de tres semanas.

Diego:

No, cojones, no te enfades, que estoy esperando el cheque de la empresa, que es que estos con los que he trabajao últimamente son muy malos para pagar (quiso decir informales).

 

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