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CREÍA QUE MI CUÑADO ERA E.T.

 

Todo el mundo conoce ese anecdotario editado por Auster titulado “Creía que mi padre era Dios”. El libro está bien, aunque probablemente no habría llegado a editarse y traducirse si no llevara el nombre de Paul Auster en la portada. Es un libro perfecto para llevárselo al lavabo porque son historias cortas, y de hecho son las más cortas las que tienen más impacto visual. Las que eran especialmente cortas quedaron sin editarse, por lo que recientemente se ha anunciado que se editará una segunda parte para todas aquellas anécdotas que los autores enviaron escritas en post-it, servilletas de restaurante o costras.

Esponjiforme Entertainment, siempre sirviéndoles a ustedes, se ha descargado del Emule el libro antes que nadie para poderles ofrecer un pequeño avance con algunas de esas pequeñas historias que tanta magia esconden, o quizá no:

El abuelo de Michael Koninsberg recibió en 1938, a la edad de 8 años y como regalo por Hannukah, las obras completas de Schopenhauer ilustradas. El pequeño Fried, que era como se llamaba el abuelo de Michael, iba a todas partes con los 23 volúmenes: a la sinagoga, al colegio, al parque, a aquellas vacaciones en Praga en casa del tío Henry... Y también se los llevó al campo de concentración, donde finalmente, y con gran pesar suyo, su hermano mayor, por algún motivo sumamente razonable, los cambió por una cubertería completa modelo Müller de 113 piezas. 70 años más tarde, el día después de la muerte de su abuelo, su nieto Michael encontraría todos y cada uno de los 23 volúmenes en perfecto estado de conservación en el interior del pavo del día de acción de gracias mientras lo trinchaba con aquella cubertería.

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Según me contó mi abuelo, que tenía un gran sentido de la decencia y no mentía nunca, en el 45 compartió celda una vez durante una noche en Wisconsin con George P. Peggy, el mítico cabaretero judío que no resultó ser, finalmente, tan hetero como decía ser.

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Harry Simpson tuvo una vez una gallina que se parecía a Goebbles ligeramente aunque no cojeaba. Y eso es todo.

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Jeremy Spencer, de Indianápolis, fue un niño taimado y solitario. Siempre estaba triste, perdía el apetito, iba mal en la escuela y se quedaba horas encerrado en una caja. Hasta que a los 12 años, y tras la gran nevada del 52, se construyó un amigo de nieve al que llamó “Todd”. Aquél invierno cambiaría su vida. Jeremy ya tenía con quién jugar a fútbol y Todd, siempre tan bueno, se dejaba ganar todas las partidas. Sus padres, viendo aproximarse la llegada de la primavera y pensando cuánto entristecería el deshielo de su nuevo amigo Todd a su renacido hijo, decidieron emigrar a Alaska para que Todd y Jeremy pudieran ser amigos toda la vida. Allí Jeremy fue al instituto, se casó con la hija de un granjero y regentó su negocio de bufandas durante 50 años. Todd siempre vivió con él.

Jeremy y Todd durante las vacaciones del 79 en Islandia.

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Kevin Spencer, de Iowa, una vez enseñó a un loro a leer discursos de Churchill de memoria, pero no sabía pronunciag las egges bien. Lo cual llevó a Kevin Spencer a una depresión y a disfrazarse de samurai las noches de luna llena. A todo el mundo le parecía divertido, hasta que se practicó el hara-kiri. El loro ahora vive en casa de sus sobrinos que no saben quién es Churchill pero que le hacen cantar el Porrompompero y el Chiquirritín.

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Kike G. De la Riva, herrero de Utah, hubo un momento dado en que pensó que habiendo tantas personas en el mundo seguro que había alguien parecido a él en algún otro sitio, quizá en Europa. La profundidad de tal pensamiento hizo que, en el descuido, se martilleara su propio pulgar contra el yunque. Jamás volvió a ser el mismo.
 

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