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JOSEPH FILLERAUD

 

Es muy probable que ninguno de ustedes conozca al escritor francés Joseph Filleraud. Publicó en 1970 un libro de poemas titulado “Le petit chévalier”, haciendo gala de una poesía atrevida y críptica, pero de una calidad innegable. Una muestra de ello es el poema que dio nombre al libro, del que reproduzco un fragmento:

Dans la rue de Montparnasse

Qui se pique, âgées mange

Dans la chambre

Et dans la plage

Je me sens comme un sauvage.

Si se fijan, todos los versos terminan con la letra e, hecho que tiene lugar también en el resto de poemas del autor. La revista de crítica literaria “Lire” elogió el ingenio de Filleraud: “no es fácil la tarea de Filleraud, y menos si tenemos en cuenta la cantidad de palabras que usamos habitualmente y que no terminan en e. Intenten ustedes mantener una conversación sólo con palabras que acaben en e, y comprobarán que su léxico deviene pobre, limitado a palabros tan estúpidos como boutade, tête-à-tête o radiumthérapie”.

En 1974 Filleraud publicó su primera novela, “Le chien frissonnant”, en la que explica la historia de una monja que salva a un negro de ser apaleado en un acantilado. La obra fue muy bien recibida por la crítica, y la carrera literaria de Filleraud ganó en prestigio y consideración. Sin embargo, pocos años después hizo su aparición en el ámbito de la crítica literaria el señor Charles Mireau, un caballero inteligente, soberbio, implacable y, para colmo, francés. Mireau hundió la carrera de Filleraud en un artículo titulado “Les filles de mon âge” en el que afirmaba haber descubierto algo escandaloso: Filleraud había escrito en realidad un solo libro original, los que publicó después contenían las mismas frases que el primero, pero en distinto orden.

La segunda novela del autor, “J’écris nu”, trataba sobre una monja que obligaba a un negro a construir un acantilado. La tercera explicaba la historia de un negro que vivía en un acantilado con una monja apaleada, y la cuarta novela, la más dura, iba de una monja enamorada de un acantilado y que, desesperada, apaleaba a alguien y se tiraba a un negro. El hecho de que Filleraud hablara de monjas, negros y acantilados en todas sus novelas era visto hasta el momento como un intento del autor de reflexionar sobre la relación existente entre la religión, el racismo y la violencia desde distintos puntos de vista. Mireau demostró que esta obsesión por un mismo tema, lejos de ser una virtud, explicitaba una absoluta falta de originalidad.

Filleraud nunca se defendió de los ataques de Mireau. Al contrario, le envió más de cuarenta cartas de agradecimiento y, en una ocasión, estuvo a punto de violarle en un callejón oscuro y húmedo. Actualmente algunos estudiosos se esfuerzan en recuperar la obra de Filleraud, considerando que, aunque se autoplagiara, Filleraud era un escritor de calidad comprometido con sus propias ideas.

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