Atrás | Siguiente

 

TODOS LOS RECUERDOS RELEVANTES QUE CONSERVO DE MI INFANCIA REPRODUCIDOS EN POCO MÁS DE UN FOLIO

 

Mi memoria a largo plazo es nula. De toda mi infancia, no recuerdo con nitidez más que tres elementos sin relación aparente: el hotel donde pasé mis primeras vacaciones, el Opel Corsa negro de mi madre y Jordi Pujol. Sin embargo, en ocasiones, si me esfuerzo un poco, me vienen a la mente ciertos episodios que viví, cosas que me marcaron bastante en su momento y que mi memoria, sabia ella, había censurado. Entre ellas, figura el episodio al que yo denomino “extraña reunión de viejos”. Tuvo lugar en los años ochenta, yo no era más que una criatura inocente. Mis abuelos me metieron en un SEAT Supermirafiori y me llevaron lejos, muy lejos de casa, en un viaje por carretera que me pareció eterno. Yo no sabía adónde íbamos, pero tampoco lo pregunté. Casi nunca preguntaba nada, dejaba que las cosas siguieran su curso. A veces tenía suerte y me llevaban al cine. En otras ocasiones no era tan afortunado y me apuntaban a una escuela de mimos para que aprendiera a expresarme. Dependía mucho.

"Importante. No importado"

Pero bueno, a lo que íbamos: después de recorrer durante dos horas las carreteras sinuosas, polvorientas y con baches de mi querida Cataluña rural, llegamos a un pueblo, o más bien a las afueras de un pueblo. Aparcamos delante de un restaurante de carretera, de estos que están decorados al estilo de los años setenta y que tienen animales disecados colgando de las paredes. El local estaba repleto de viejos y, por increíble que pueda parecer, entramos en él. Había viejos de todos los tipos pastando por allí: tipos de esos encorvados que parecen dispuestos a saltar de un trampolín, otros con manchas moradas en la cara, como si acabaran de enfrentarse solos a un ejercito de ardillas, y también mis preferidas, esas viejecitas que llevan el pelo teñido de color lila, algo que nunca he entendido pero que, obviamente, y como supondrán, nunca me molesté en preguntar. Mis abuelos, que también eran viejos españoles comunes, no conocían a ninguno de los allí presentes, pero sonreían a todo el mundo con sus precarias dentaduras. Mi abuelo consultó un panel que indicaba las mesas del restaurante en las que cada uno debía sentarse y nos condujo hasta la que teóricamente nos tocaba a nosotros. Comimos con cuatro parejas de ancianos con los que, aparentemente, no teníamos nada que ver. Supongo que hablaron del tiempo, de lo buena o mala que estaba la comida, no lo sé. Yo estaba pendiente de otras cosas. Intentaba localizar las salidas de emergencia o simplemente me ausentaba de la realidad mirando atentamente un punto fijo del espacio. Cuando los viejos ya se habían puesto hasta el culo y se disponían a encender el purito de rigor, apareció alguien en un escenario que yo ni siquiera había visto y llamó la atención de todo el mundo. Era un tipo viejo, por supuesto, y estaba tan eufórico que parecía uno de esos telepredicadores que salen en las cadenas americanas del satélite. Soltó un discurso que yo no entendí y, después, ayudado por la que parecía su esposa, empezó a repartir a cada uno de los comensales un platito que tenía dibujado un escudo. Cuando me dieron mi platito (sí, yo también era considerado parte de la “comunidad”), pude ver que en el escudo había un gallo y que, debajo de él, aparecía en letra gótica la palabra “Ripoll”, que es mi segundo apellido. Apareció una banda de músicos, la gente se puso a bailar Los pajaritos y yo me encerré en el lavabo.

Ya en el coche, de vuelta a casa, me atreví a preguntarle a mi abuela qué significaba el escudo del gallo. Me dijo que representaba el apellido de la familia y se calló. Me extrañó que existieran escudos para representar cosas tan estúpidas como un apellido. Normalmente los escudos representan naciones, ejércitos, bandas callejeras, cosas que molan. Ya entonces fui incapaz de comprender por qué un apellido tan tonto como Ripoll merecía poseer un escudo propio. Pasaron los minutos y yo seguía intrigado con todo aquello, de modo que volví a preguntar: “¿entonces, todos los de la comida eran de la familia?”. Mi abuela se giró y respondió negativamente a la pregunta, sorprendida de que, por un momento, hubiera podido pensar algo así. Se hizo de nuevo el silencio. Pasaron los minutos, las horas, y mi abuelo, cansado de ver a través del retrovisor que yo no paraba de observar el dichoso escudo del gallo, se dignó a revelarme la verdad de todo aquello: “todos los de la comida nos apellidamos Ripoll, es lo que hemos venido a celebrar”.

Lo único que tenían en común aquellos viejos era, pues, el apellido. No se habían visto en la vida, no compartían nada excepto las arrugas y la palabra Ripoll inscrita en el DNI, pero habían contactado entre ellos -vayan a saber cómo, aún no existía Internet- y habían decidido organizar inexplicablemente una comida multitudinaria. Me pareció misterioso entonces y me lo sigue pareciendo. ¿También se reúne la gente que compra los zapatos de la misma marca? ¿Organizan las vacaciones juntos los que compran la verdura en la misma parada del mercado? ¿Existe un escudo que represente a los que pronuncian mal las eses? Aparecerá en él una serpiente, supongo. En fin, son preguntas en las que pensé entonces, enigmas de estos que nunca reciben una respuesta satisfactoria. Por eso yo no preguntaba nunca. Dejaba que las cosas siguieran su curso. A veces iban bien y a veces iban mal. Y eso es todo lo que recuerdo de mi infancia.

 

© Esponjiforme Entertainment. Todos los derechos reservados. El plagio es un delito y será castigado con la pena de muerte. No somos comunistas.

Consulten sus dudas, dirijan sus insultos y hagan efectivas sus transferencias bancarias a través de nuestra dirección de correo:

esponjiforme@esponjiforme.com