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CARLA ROBERTSON

 

Hace unos días me escribió un antiguo compañero del colegio, contento al haberme reencontrado en esta página web, y tras rememorar las típicas anécdotas divertidas de la infancia me decía: “Joder tío, cada vez que paso por delante de una pescadería y me fijo en esos besugos de mirada desorbitada, expresión alucinada y cuerpo envuelto en hielo no puedo evitar pensar en Carla Robertson”. Carla Robertson era una niña de mi clase que tenía, efectivamente, cara de besugo y, además, parecía sentirse siempre como pez fuera del agua. “Pobre Carla”, continuaba mi amigo, “su actitud ante la vida era como la de un tío que entra en la sala equivocada del cine y se queda a ver la peli por miedo a levantarse, esperando a que acabe de una puta vez”. Su cuerpo, delgadísimo y pálido, la había condenado a la marginación. Ella vivía en su mundo, ajena a todo lo demás, coleccionaba Barbies y de vez en cuando ayudaba a su padre en la pastelería, aunque tenía totalmente prohibido acercarse a los dulces. Al menos eso era lo que se decía, pero de Carla se decían muchas cosas y no todas eran ciertas. Explicaban que había intentado envenenar la comida del colegio y que tenía por costumbre calentar hámsteres en el microondas hasta verlos explotar. No eran más que leyendas infantiles, pero lo cierto es que la niña no estaba en sus cabales. La sorprendí en una ocasión frotándose contra la pared rugosa del pasillo y, al ver que la miraba sorprendido, me gritó: “!Qué pasa! Me estoy depilando, ¿vale?”. Aquello fue definitivo: decidí que me mantendría como mínimo a cien metros de distancia de Carla Robertson, y así lo hice hasta que abandonó la ciudad y se trasladó a Alduña.

El pastel de nata con glorieta, especialidad de la pastelería Robertson.

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Testimonio de Antonio Medina Hernández, brigada de la Guardia Civil, jefe de sección de Alduña, demarcación a la que pertenece Albadría de la Sierra [Fragmento].

El tres de Marzo de 1999 me hice cargo de la demarcación, insistiéndome mis Jefes en que se trataba de un lugar tranquilo en el que apenas ocurrían hechos o acontecimientos reseñables, lo cual favorecía sin duda mi intención de acabar mis últimos días de servicio en la Guardia Civil sin demasiado ajetreo. Sin embargo, al poco tiempo y aún sin conocer demasiado el destino asignado, algunas gentes del pueblo, en concreto doña Erminia Campín, su marido Severiano Manchón y otros varios testigos, aprovechando la confianza que poco a poco me iban teniendo, me hicieron saber que algo raro ocurría en la aldea; algo que, según cito textualmente, “no es normal y todos se callan por superstición y cobardía”. Los rumores decían que una entidad psíquica supraterrenal había hecho desaparecer a varias muchachas de la aldea y de pueblos colindantes, todas ellas mozas de buen cuerpo, rubias en su mayoría, quizás a modo de sacrificio a los dioses. Tras consultar con el cabo Alfredo Villegas, fui informado del acontecimiento con más detalle y se me confesó que nadie había querido hacer parte de las desapariciones por miedo a las represalias de dicha entidad anteriormente mencionada. (…) Las casas de las familias afectadas habían sido decoradas siniestramente por cuerpos sin vida de animales tales como ratones, conejos y algunas especies de aves frecuentes mayormente en aquella zona, claramente como amenaza directa a las personas afligidas (…) Tras una intensa investigación consistente en inspecciones oculares y mayormente en entrevistas personales a los habitantes de la zona afectada, fui informado de que, paralelamente a las desapariciones, se había producido el cierre fortuito de un establecimiento de la zona, concretamente una pastelería, que era propiedad de una mujer joven a la que todos llamaban, y cito textualmente, “LA CHICA FEA”. Todo ello sin motivo aparente, y dándose el agravante de que, según algunos vecinos tales como Antonia Gálvez y Josefa Revilla, el local despedía un fuerte olor pestilente como de piara de cerdos (…) Tras intentar ponerme en contacto en repetidas ocasiones con la dueña del establecimiento, la anteriormente mencionada “LA CHICA FEA”, y sin éxito por mi parte, procedí a investigar el local con la ayuda del propio cabo Villegas y más agentes de refuerzo, descubriendo en su interior un sótano repleto de pasteles de plástico de esos que se alquilan en bodas y otros festejos populares. Los objetos estaban situados en una especie de altar religioso, rodeados de muñecas tipo BARBI, y dado que despedían olores fuertes procedimos a inspeccionarlos (…) Fue abrirlos y echarnos para atrás de la impresión al comprobar que dentro de cada uno de aquellos pasteles reposaban los cuerpos en estado de descomposición de las muchachas rubias desaparecidas.

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Carla Robertson había montado una pastelería en Alduña y, totalmente sola después de que su padre muriera en un accidente de tráfico, decidió secuestrar y encerrar a aquellas chicas guapas en pasteles de plástico. Al comprobar que el olor de los cadáveres impregnaba el local y se hacía insoportable, se vio obligada a cerrar el establecimiento. Cuentan que tras ser arrestada se mostró increíblemente fría y distante, como si la cosa no fuera con ella. Dice mi amigo del colegio que ahora, siete años después de lo ocurrido, un grupo de artistas (creo que se trata de las Guerrilla Girls) han construido unas réplicas de aquellos pasteles de plástico y las exhiben en la Tate Modern de Londres, convirtiendo a Carla Robertson en una especie de musa del feminismo.

 

 

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