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LA POSMODERNIDAD SIN DROGAS

 

Hace unas semanas un grupo de investigadores del prestigioso Massachusetts Institute of Technology (MIT) contactó conmigo para que colaborase en un estudio sobre la influencia de las drogas en el deterioro de los sistemas cognitivos y, en concreto, en la constitución de la filosofía posmoderna tal como hoy la entendemos. Para ello necesitaban que un filósofo mínimamente iniciado en la corriente continental escribiera un ensayo al estilo postmoderno sin haber ingerido ningún tipo de sustancia alteradora de la percepción. La intención era, claro está, descubrir si la ingesta de sustancias prohibidas era o no una condición indispensable para la creación de un ensayo filosófico postmoderno. Les puedo adelantar la conclusión del estudio: es perfectamente posible pensar posmodernamente sin estar drogado. Sólo basta ser un débil mental o tener sentido del humor. A continuación les adjunto el ensayo que escribí emulando a los más célebres pensadores que tenemos aquí en el continente europeo.

 

La emergencia súbita del pez abisal como alegoría reveladora del carácter epocal de lo mercantil

El fantasma inoportuno de la modernidad, revivido, es quizá para el hombre contemporáneo un azote recurrente (coup de verge récurrent), esto es, la recursión repetitiva y diabólica de lo siempre-evitado y ya-de-por-sí molesto. La molestia del retorno de lo moderno genera, se quiera o no, la necesidad casi natural de responder a las exigencias de lo nuevo o, traspasando los ecos adornianos, de dar respuesta a la cuestión de lo contemporáneo. Hacer frente a todo ello es entender que la consideración de lo que es como actual convierte al tiempo en moneda de cambio.

Desde la invención de la mirada del otro como punzante envestida, la identidad se configura en una red de sentidos que no escapa ni siquiera de la epojé en la que circulan y se mueven incesantemente los peligros del rayo catódico. En este sentido, recurrir a la alegoría del pez abisal (poisson abyssal), que no es más que sangre que coagula bajo la pesada capa de un tiempo no pensado, es tarea de cualquier filósofo redimido del tambaleante hedor del Holocausto. Porque en los horrores del acontecimiento se encuentra la semilla de lo que puede ser futurible tierra virgen (con todo lo de indétermination que ello conlleva) o repetición de lo ya acontecido, como círculo hegeliano que alcanza su cúspide y, con ello, el inicio o estado primario. El pez abisal, entonces, emerge en nuestra reflexión como lo que nunca ha existido pero que ha habitado siempre el tejido de lo subsistente (sub-stare).

Como toda alegoría que aparece anclada en la ausencia u olvido de la luz (esto es, de la razón común e instrumento de dominación), la del poisson abyssal es sólo una pieza más en la construcción faraónica que ha sido, y probablemente continuará siendo, la moral de la téchnique. Téchnique que, habiendo constituido en otro tiempo el arma para el resguardo, es ahora la más eficaz herramienta para el desgarramiento visceral. Pero en este marco en el que circulamos, dando vueltas como buitre sobre la carroña, se encuentra también otra imagen de visita obligada: la del mineur noyé. El mineur noyé es la mitificación (no en sentido adorniano, sino anclada aún en lo estrictamente helénico) de lo que representaría el oficio del minero, sumergido en la oscuridad de esta caverna que en Platón ya resplandece. Un mineur que está ahogado por el peso de la profundidad (que no es profundidad de alcance de intelecto, sino de olvido y de lo dado-por-supuesto), así como el pez abisal se desliza quedamente bajo el peso de los litros que acumula el producto de la historia del mundo.

 

Poisson abyssal Mineur noyé
Épine du monde Lanterne qui brille

 

Dejémonos impregnar ahora por la nueva constelación conceptual a que ha dado lugar nuestro vuelo. En primer lugar, es evidente la relación del poisson con el mineur. Pero detrás de la evidencia hay siempre algo que retumba. En este caso, el oído entrenado del filósofo percibe el eco de otro andar distinto. Un andar de más amplia mira: el trayecto del pez al minero es la ruta que recorre el animal para desarrollar al hombre. Es el animal el que articula la imagen de lo que es el hombre para sí, reconocido universalmente como Señor de lo pensado y lo pensable. Pero precisamente, retornando a la evidencia inicial, nos choca el descaro con que el paralelismo se sitúa ante nuestra mirada. Ello muestra que, bajo cualquier perspectiva de oscuridad y olvido, la anatomía deviene morfologia aplastada.

¿Qué es lo que aprende el razonar discursivo en esta nueva afrenta? Posiblemente, lo que aprende es a andar con nuevos bailes, sin dejar que el viento de lo ya sido corrija arraigando tendencias no definidas. Como muela arrancada de encías infinitamente pétreas, la eclosión de ambas alegorías despeja la mirada al tiempo que desnuda la razón de hilos a los que agarrarse. Por todo ello el hombre post-ilustrado encuentra ante sí un panorama de aquellos que encandilarían a un benjaminiano, es decir, un paisaje nuevo en el que llueve agua de otros tiempos. Contra los intentos de un primigenio planteamiento de razón dialéctica, hay que proponer un andar atento y circundante al desarrollo del pensamiento occidental, tomando nota de cada dominación oculta, de todo lo que tiende a la clausura, y en ello consiste precisamente la toma de conciencia de lo que es para el hombre la alegoría de lo abisal y de lo polvoriento. La imagen preconcebida de lo que está en olvido es lo escondido bajo una nube de polvo, pero también se encuentra lo ignorado bajo máscaras de otros disfraces supuestamente racionales. Ahí es donde el agua que da origen a la transparencia es también engendradora de nula visión y peso de lo que viene acumulado.

Como guía para un enfoque reflexivo de lo que ha venido aconteciendo, hay que proponer, frente a la tradicional nube de polvo (que no por tradicional entra necesariamente en el reino de lo partagé), la linterna que agujerea lentamente pero con la fuerza de un ciclón concentrado en un punto neural la gran masa conceptual que es cimiento de historia filosófica. Y de lo polvoriento también se sigue como trazo paralelo (que no idéntico, pues el rasgo de identificación pertenece a lo supuesto) la figura de l'épine du monde. ¿Y qué es la espina del mundo sino el resultado de un continuo desvelar filosófico? Aunque la tendencia a la totalidad (y a lo totalitario homogeneizante) haya derramado mucho hedor cadavérico a lo largo del tiempo (Auschwitz), también es cierto que ha erigido sobre nuestros cuerpos de animales pensantes toda una red o constelación de nociones a las que ahora recurrimos, con proceder de arqueólogo, y que juzgamos (cual dioses infinitamente nímios pero inconscientes) a la luz del reino de lo nuevo. Le debemos mucho, pues, a la acumulación de falsa conciencia, porque engendra lava sobre la que estampar un porvenir que, al petrificar, exigirá nuevas erupciones. El poisson abyssal, remitiendo a l'épine du monde, nos muestra los errores de antiguos arquitectos del mundo, nos hace sentir como propio el ahogante peso de todo lo pretérito. Y ello debe impulsar a una acción que pueda redimir, tal como anhelan los benjaminianos. Pero de esa redención saldrán nuevas construcciones pétreas, cuya firmeza sólo podrá disolver la conciencia crítica y un olfato capaz de detectar nubes polvorientas en el seno de lo oceánico.

No podemos despreciar tampoco el carácter epocal del proceso de petrificación, aunque hayamos insertado el núcleo de la reflexión en un entramado predefinido (y que le ha permitido existir como siendo núcleo). Esta necessity of thought no es necesidad entificadora sino únicamente aceite necesario para la gran ingeniería filosófica del pensar discursivo. Por ello debemos invertir esfuerzos en acariciar algo de lo real, sin permitir que lo que posibilita el pensar engendre también esporas de dominación. De ahí que sea pertinente remarcar, precisamente, la idea de que el actual tejido racional es lo que impera, y en tanto que imperante engendra un reino que contiene en su semilla, en su procés d'articulation, todo lo excluido. Ello no hace más que remarcar que la alegoría actual del poisson abyssal, e incluso de lo que conlleva la densidad de lo polvoriento (aunque esto último podría ser objeto de discusión) es carácter de una época y, por tanto, tiene talante mercantil. En tanto que concepción filosófica, lo que hemos establecido como rotundamente alegórico puede devenir, por petrificación, puro objeto de compra-venta para un sujeto no reconocido. Pero incluso en este talón de Aquiles alegórico emerge otra verdad que, sin llegar a ser desvelamiento de lo eterno, muestra que toda mercancía es epocal, y que toda época engendra alegorías preñadas de olvido filosófico.

 

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