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EL LIMPIAPARABRISAS

 

En 1935, el portugués Joao Ladinho, hijo de un mecánico filantrópico, preocupado por el alto índice de accidentes provocados directamente por la pésima visibilidad de los sucios parabrisas de los coches portugueses, decide atajar el trágico problema inventando el Limpiaparabrisas.

En 1940, y tras cinco años de teorización, experimentos, y un doctorado en “Relatividad y bioética aplicada”, lanza una primera patente.

Este primer intento consiste en un sencillo trapo atado a un palo que es movido manualmente por el mismo conductor.

Esta primera patente fracasa estrepitosamente, y Ladinho, hundido y olvidado por la comunidad científica, decide suicidarse ingiriendo tres barriles de vino de oporto mojados con Gelocatil, puesto que los barbitúricos eran ilegales en el, aún por colonizar, Portugal de los años 40.

Tras algunos años en los que el proyecto permanece estancado, su hijo, Ladislao Ladinho, recupera la investigación de su padre, y tras dos años de trabajo en un grupo de investigación financiado por la Universidad Politécnia de Lisboa, sustituye el trapo por un nuevo material, una especie de goma flexible.

La patente parece funcionar, pero inexplicablemente, supone un fracaso comercial.

En 1952, el ingeniero y economista Eric Niedermann, atraído por el inexplicable y sorprendente fracaso, escribe un monográfico de tres volúmenes en torno al tema, intitulado “Dios no juega a los dados con el universo”.

En dicho estudio, Niedermann señala que en vez de situar el limpiaparabrisas por el interior del vehículo, debería ubicarse en el exterior. De este modo, las escobillas podían realizar más eficazmente su trabajo.

Niedermann, en sus memorias póstumas dice: “no entiendo cómo es que no se les ocurrió ponerlo por fuera, la única explicación es que lo instalaran sentados en el asiento del conductor”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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