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AMANCIO SACARINHO, EL AUTODIDACTA

 

En 1940, tras una comida copiosa, el filósofo Confucio exclamó: “autodidacta es aquel que durante toda su vida ha procurado no aprender nada de nadie”. Siguiendo el espíritu de esta sabia sentencia, el portugués Amancio Sacarinho se propuso ya desde pequeño aprender las cosas por su cuenta, convirtiéndose finalmente en uno de los grandes autodidactas de la historia. Sus padres le ayudaron en su empeño inscribiéndole en la escuela pública, lugar donde nadie pudo enseñarle nada de interés, si exceptuamos las bragas de su compañera de pupitre.

El pequeño Sacarinho, dedicándose a la especulación teórica

Haciendo uso de la mera intuición, Sacarinho aprendió a los seis años a extraer electrones de un átomo, operación que le resultaba sumamente útil cuando jugaba a las canicas. Poco tiempo más tarde, aprendió a predecir terremotos basándose en el olor de sus propias flatulencias. Sin embargo, estos pequeños descubrimientos fueron rechazados por la comunidad científica, al ser Sacarinho una simple criatura sin ningún tipo de formación académica.

La madre de Sacarinho siempre le ofrecía té para estimular su intelecto

A los veinte años de edad, Sacarinho intentó emplear su intuición innata en la realización de experimentos que tuvieran una aplicación más concreta. Tomando como base el motor de un coche teledirigido, Sacarinho construyó una máquina dotada de un tubo capaz de aspirar el aire con una fuerza notable. Optó por bautizar a su invento con el nombre de “aspiradora”. Su aplicación inicial, según explica el propio Sacarinho en sus diarios personales, era descongestionar la nariz de una forma limpia y rápida, dejando los conductos nasales libres de molestas mucosidades. El invento, sin embargo, no tuvo demasiado éxito: la empresa Kleenex saboteó la distribución del producto y Sacarinho, decepcionado y deprimido, decidió explorar por sí mismo otros campos del saber.

En 1960, sin moverse de su estudio situado en Lisboa y con la sola ayuda de un telescopio, Sacarinho descubrió el fósil de un Mamut en Siberia. Animado por su éxito en el campo de la arqueología, siguió investigando por su cuenta y encontró enterrada bajo tierra la red de ferrocarriles subterráneos de Nueva York, que él mismo apodó cariñosamente “metro”. Gracias a este hallazgo, miles de personas encontraron un sencillo y rápido modo de desplazarse de un lado a otro de la inmensa ciudad americana.

Habiendo obtenido entonces el reconocimiento que desde siempre había esperado, Sacarinho decidió retirarse del campo de la investigación y se dedicó a contemplar lechuzas. Dos años antes de morir, y a pesar de sufrir una terrible sordera, Sacarinho aprendió a tocar el piano de oído y llegó a ofrecer un concierto en el Royal Albert Hall de Londres. La crítica aplaudió su interpretación, aunque puntualizó que tocaba demasiado flojito.

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