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BILLY EL ENANO

 

Ray De la Prietta, sin duda el abogado más prestigioso de la ciudad, apuraba los últimos sorbos de un Martini seco mientras Kurt Leben, su amigo de la infancia, fingía divertirse ante la situación que había provocado. En vez de lamentarse, se burlaba orgulloso del poco sentido del humor que tenían sus pacientes, al tiempo que pedía al camarero otra ración de almendras saladas. “Hiciste mal, Kurt. Ahora la principal prioridad es arreglar esto antes de que llegue a los tribunales”, afirmó severamente De la Prietta, haciéndole ver a su amigo que estaba jugando con fuego.

Kurt era un ginecólogo bastante reputado. Su profesión le había permitido conocer muy de cerca a las damas influyentes de la sociedad, y aquel privilegio parecía dotarle de cierto sentimiento de superioridad. Pero esta vez había ido demasiado lejos y, por mucho que disimulara, él era plenamente consciente de ello. Hacía dos semanas, el doctor Leben había atendido a una embarazada que se había puesto de parto un poco antes de lo esperado. Por suerte, la señora dio a luz sin problemas y el doctor fue a comunicárselo personalmente al marido, que aguardaba nervioso en la sala de espera. Nada más verle entrar, el hombre se levantó y le preguntó a Leben por el estado de su esposa. El doctor, sacando del bolsillo de su bata una fotografía que había recortado de una revista, le respondió exclamando: “felicidades, su mujer ha dado a luz a tres preciosas criaturitas”. El marido se desmayó al darse cuenta de que en la fotografía posaban tres crías de codorniz horriblemente feas.

Ahora el doctor Leben se enfrentaba a una demanda judicial y se había reunido con su amigo De la Prietta para pedirle ayuda. Sin embargo, el orgullo le impedía reconocer que lo que había hecho era una estupidez. Relataba lo sucedido como si se tratara de una hazaña, de una gamberrada ingeniosa. “No has cambiado nada, Kurt. Pero no estamos ya en el colegio. Esto puede hundir tu carrera profesional, de modo que lo primero que te recomiendo es que elimines de tu cara esta sonrisilla y empieces a tomarte la vida más en serio”. Entre los dos había existido siempre una rivalidad tácita y, en cierto modo, para Leben era humillante tener que pedirle ayuda a De la Prietta. El hecho de que éste reaccionara como una madre que regaña a su hijo travieso le resultó especialmente hiriente. A pesar de ello, supo aguantar la bronca estoicamente, tomó nota de los consejos de su amigo y ambos se despidieron después de acordar una cita para el día siguiente.

De la Prietta siguió sentado en la terraza del bar observando al ginecólogo alejarse calle abajo. Al cabo de diez minutos se comió la última almendra que había en el plato y se levantó dispuesto a regresar a su despacho. De camino, pasó por delante de un enano que pedía limosna en una esquina. De la Prietta siguió andando y desvió la mirada hacia otra parte, como solía hacer en estos casos, pero de repente notó una presión en la pierna, algo que lo retenía. Se trataba del indigente, que ante la indiferencia del abogado había optado por saltar y agarrarse a su pierna derecha. “¿Pero qué hace? ¡Suélteme!”, gritó asustado De la Prietta. Al ver que el enano no reaccionaba, el abogado tiró unas monedas al suelo con la esperanza de que el agresor le soltara. La estrategia, sin embargo, no surtía efecto por mucho que De la Prietta fuera vaciando el billetero en plena calle. Los transeúntes pronto se amontonaron alrededor para presenciar el grotesco espectáculo. De la Prietta movía la pierna para sacudirse al enano, pero le daba apuro arrastrarlo de aquel modo por el suelo. Aunque el enano fuera el agresor, su aspecto era más bien el de una pobre víctima de la sociedad y de la cruel naturaleza. “Billy, ¡deja al señor en paz!”, gritó el dueño de un estanco apartándose de la multitud. “¿Conoce usted a este tipo?”, preguntó De la Prietta. “Pues claro. Es Billy el Enano. No está muy bien de la cabeza. Suele agarrarse a las farolas, pero nunca había atacado a nadie. ¡Billy! ¡Suéltale!”. Justo en aquel instante, apareció la última persona a la que De la Prietta deseaba ver: el doctor Kurt Leben. “Ray, por Dios, ¿qué estás haciendo?”, gritó sorprendido su amigo. “Este enano se me ha enganchado a la pierna y no consigo hacer que se suelte”, respondió angustiado el abogado. Sin poder reprimir una sonora carcajada, Leben se acercó y empezó a tirar del enano con fuerza. “¡No le hagas daño!”, advirtió De la Prietta. “Siéntate en el suelo, Ray, no quiero que te pegues un trompazo”, ordenó el doctor entre risas. De la Prietta se sentó, sintiéndose totalmente humillado, y su amigo siguió tirando del enano con todas sus fuerzas. “Nada, no se suelta el cabrón. Tendremos que ir al hospital”, sentenció Leben. “¿Al hospital?”, exclamó De la Prietta asustado. El estanquero pidió un taxi por teléfono y, al cabo de media hora, Leben ayudaba a su amigo y al enano a entrar en el hospital Carleigen sin llamar demasiado la atención. “Creo que deberíamos avisar a las autoridades”, afirmó De la Prietta. “No hará falta, esto lo arreglo yo en un momento”, aseguró el doctor. Gracias a sus contactos en el hospital, Leben consiguió instalar a su amigo y al enano en una salita apartada. Llamó por teléfono y, al cabo de un momento, apareció una enfermera que le entregó al doctor una jeringuilla y se retiró sin decir nada. De la Prietta le preguntó asustado a Leben qué pensaba hacer con aquella jeringa. “Voy a anestesiarle. Es la única manera de arrancarlo. El cabrón es demasiado fuerte”. “¿Y si es alérgico? ¿Y si le ocurre algo?”. “Ray, este es mi territorio, déjame hacer”, respondió el doctor dándose importancia. Acto seguido, le clavó la jeringa al enano hasta dormirlo completamente. Al fin, De la Prietta pudo librarse de él. “Gracias, Kurt”, dijo mientras intentaba eliminar sin éxito las arrugas que se le habían formado en el pantalón. “¿Te ha mordido? Si es así, deberías ponerte la antirábica”, sugirió Leben burlonamente. “Reconozco que es una situación estrambótica, pero no es como para tomárselo a risa, Kurt. Es un pobre mendigo enajenado”. “¡Un enano-ladilla!”, grito el doctor entre risas. “¡Trátalo con respeto, por el amor de Dios! ¿Es que aún no has aprendido?”, afirmó indignado De la Prietta, aludiendo a la demanda a la que se enfrentaba Leben. “¡Estoy harto de que me refriegues por la cara tu presunta superioridad moral! No eres mejor que yo, Ray. Además, te acabo de sacar de un buen apuro y procuraré que el ridículo que has hecho no se extienda en tu círculo social. Ahora, lo mínimo que puedes hacer es regresar a tu despachito y pensar en lo que vas a hacer para afrontar mi demanda”. Rojo de ira, De la Prietta abandonó el hospital pensando que Karl Leben no era más que una sabandija, un cínico despreciable que se había atrevido a amenazarle sin escrúpulos. Desgraciadamente, aquella sabandija era también su cliente y, por su propio bien, tendría que satisfacerlo a toda costa.

 

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