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EL VARÓN DANDY

 

Paco Modreño sintió que todo se venía abajo al comprobar que había perdido sus llaves. Estaba tirado en la calle, delante del portal de su casa, con el deseo irrefrenable de darse un baño, fumarse un cigarrillo y dormir hasta el fin de los tiempos. A saber dónde estarían sus llaves. En algún vagón de metro quizás, o en el autobús que había cogido para ir al centro aquella tarde. También podía ser que alguien se las hubiera robado en un momento de distracción. Era lo más probable. La delincuencia y la inmigración, esas enfermedades de la sociedad, le tenían allí en el calle, muriéndose de asco y de rabia. Modreño imaginó a tres moros jugando con sus llaves, pasándoselas el uno al otro, mofándose de él. En el fondo de su corazón sabía que tenía que dejar de culpar a los moros de todas sus desgracias, pero aquello de las llaves era demasiado. Ahí se habían pasado tres pueblos los cabrones.

Se calmó un poco y empezó a pensar. Podía llamar a todos sus vecinos a través del interfono. Como mínimo, le abrirían y podría entrar en el portal. No quería imaginar lo que podía ocurrirle si pasaba la noche en la calle. Podían rociarle el cuerpo con gasolina y quemarlo. Alguien podía sedarle y extraerle un riñón. Muchas personas vivían de traficar con órganos. Modreño pensó en los jabones de lujo parisinos, fabricados con la piel de los niños de la calle que matan en Brasil. Quizá existía una gama media de cosméticos hechos con piel de españoles en el paro, que dormían en la calle porque un moro les había dejado sin llaves. Sólo con imaginarlo se ponía furioso. Piensa, Modreño, piensa y no te vayas por las ramas. El interfono, sí. Hay que llamar. Desgraciadamente, nadie respondió a Modreño. ¿Dónde se meten los vecinos cuando uno les necesita de verdad? Allí vivían cuatro familias. ¿Realmente se habían ido todos de puente?

Habían pasado ya veinte minutos y empezaba a hacer frío. Modreño se decidió a aporrear la puerta del edificio, para entrar en calor y para desahogarse. El atroz combate entre Modreño y la inquebrantable puerta de hierro fue prontamente interrumpido por la presencia de un individuo muy raro que pasaba por allí. Vestía un frac de color negro elegantísimo, llevaba guantes de piel y un sombrero de copa. “¿No puede abrir, caballero?”, preguntó el hombre del frac. Si pretendes extirparme un órgano, maldito cabrón, te daré una hostia que te harán los dientes motocross, pensó Modreño, asustadizo por naturaleza. “Pues sí, eso parece. Es que he perdido las llaves”, se decidió a contestar. “Creo que puedo ayudarle, caballero”, afirmó el tipo raro mientras se disponía a abrir un maletín de piel. “Oiga, yo enciclopedias no quiero, que ya lo tengo todo en Cd-Rom, de verdad se lo digo”, le advirtió Modreño. Sin escuchar sus palabras, el hombre del frac abrió su maletín y sacó de él una botella de colonia de la marca Varón Dandy. Roció con la colonia el cerrojo de la puerta y esta se abrió de par en par milagrosamente.

“Acojonado me ha dejado usted”, confesó Modreño. “¿Se puede saber cómo demonios...?” El tipo del frac no le dejó acabar: “Mire, caballero, si quiere le regalo la colonia. Pero debe prometerme que no la usará para nada malo”. La solemnidad con la que hablaba aquel extraño personaje le provocó un escalofrío a Modreño, haciéndole sentir que estaba protagonizando un episodio único e irrepetible en la Historia. “Vale, lo que usted diga. Le juro que yo soy un hombre honrado. A Dios pongo por testigo que yo tengo la moral muy adentro. Yo iba para cura”. Modreño no decía más que estupideces cuando estaba nervioso, pero al hombre del frac no pareció importarle. Le entregó el bote de Varón Dandy y desapareció calle abajo.

Modreño subió las escaleras hasta llegar a la puerta de su apartamento. Era el momento de comprobar si aquella colonia era o no capaz de abrir puertas. Quizá todo había sido un engaño, un truco de aquel tipo raro, que había forzado la cerradura sin que él se diera cuenta para reírse a su costa. España: una madriguera de trileros, de timadores de la estampita, de ladrones que se aprovechan de la gente de bien, de la gente que vive de su sueldo y del trabajo diario. Cállate, Modreño, cállate que tú estás en el paro, que te vas por las ramas. La colonia. Hay que rociar el cerrojo con la colonia esa. Modreño echó unas gotas de Varón Dandy en el cerrojo de la puerta de su apartamento, abriéndola sin esfuerzo. Parecía, pues, que aquello iba en serio. No se trataba de una broma. Aquella colonia valía su peso en oro, y un tipo con aspecto de pingüino se la había regalado a él.

Entró emocionado en el apartamento sin fijarse siquiera en sus llaves, que reposaban en el mueble del recibidor. Se dirigió directamente a la cocina, abrió un armario y sacó un bote de tomate triturado que intentaba abrir sin éxito desde hacía años. Lo roció con la colonia, haciendo brotar de él un chorro de tomate caducado. Sí, aquello funcionaba, definitivamente. Aquel bote no se había abierto ni estampándolo contra la pared con fuerza. Y ahora se rendía ante unas simples gotas de colonia. Modreño estuvo probando su nuevo juguete durante semanas, cerrando y abriendo puertas, descorchando botellas de champán a dos metros de distancia, hasta que llegó a darse cuenta de que estaba haciendo el tonto. Había que probar aquello en plena calle.

Modreño se vistió y salió a la calle un sábado por la mañana con su bote de Varón Dandy, habiendo dejado sus llaves en el apartamento. Al fin y al cabo, ahora ya no las necesitaba. Nada más salir, se fijó en un coche impresionante que estaba aparcado en la calle de enfrente. Era un Mercedes precioso de color gris metalizado. No había nadie en su interior, de modo que se acercó al coche y roció el cerrojo de la puerta, que se abrió al instante. Aprovechando que nadie le veía, Modreño se sentó en el cómodo asiento de piel del automóvil y agarró con fuerza la palanca de cambios cromada. Aquello era un verdadero lujo, un regalo para los sentidos. No permaneció en el coche mucho rato, por miedo a ser descubierto. Sin embargo, antes de salir cogió prestado un disco de un tal Chopin, que arrojó más tarde a la basura porque no tenía pinta de ser bailable. Durante este primer paseo, que él mismo denominó “Exploración del terreno número uno”, Modreño abrió las puertas de siete coches y de una autocaravana, en la que dormía un perro que por poco le arranca un pezón. Este pequeño incidente, lejos de intimidarle, le hizo sentir el placer de la adrenalina recorriendo sus venas. Era algo que no experimentaba desde los trece años, cuando salía de noche con un par de amigos a insultar a las prostitutas.

Cegado por el poder de la colonia Varón Dandy, Modreño era incapaz de darse cuenta de que estaba faltando a la promesa que le había hecho al hombre del frac. Todo había empezado como un juego inocente. Al fin y al cabo, y aunque estuviera prohibido, no hacía daño a nadie sentándose en los asientos de coches ajenos. Se imaginaba a sí mismo conduciendo bólidos en autopistas alemanas en las que no habían límites de velocidad ni peajes, pensaba en lo patético que era que existieran peajes a estas alturas, hasta que se decía a sí mismo: cállate, Modreño, cállate que te vas por las ramas. Sal del coche ya que un día de estos van a darte de hostias y con razón. Al cabo de un tiempo, sin embargo, todo aquello dejó de ser un juego. Cuando oscurecía, Modreño salía a la calle y entraba sigilosamente en domicilios ajenos, llevándose todo tipo de objetos. Primero robaba todo lo que le cabía en los bolsillos, desde mecheros de cocina hasta medallas de la Primera Comunión. Pronto llegó a darse cuenta de que estaba haciendo el tonto. Había que salir preparado, con una bolsa grande y resistente capaz de transportar consolas, reproductores de DVD e incluso ordenadores portátiles.

Se había convertido en un ladrón, en un delincuente común. Pero ahora Modreño quería ser un delincuente profesional, y para ello era necesario confeccionar un uniforme. Habló con el sastre del barrio y le encargó un frac hecho a medida. Compró también un sombrero de copa y unos guantes. Todo ello lo adquiría fácilmente con el dinero que conseguía vendiendo objetos robados. El frac le quedaba perfecto, pero no le hacía parecer un ladrón profesional. Faltaban aún pequeños detalles decisivos: el antifaz, por supuesto, pero también un bordado en la solapa que reprodujera el logotipo de la colonia Varón Dandy, incluyendo las iniciales VD. La idea de convertirse en el varón Dandy, ladrón implacable en domicilios ajenos, le emocionaba sobremanera. Subyugando su identidad a la de este personaje elegante y traicionero, Modreño realizaba todo tipo de robos sin que ninguna medida de seguridad pudiera resistírsele. Dejaba siempre su firma inconfundible en la escena del crimen: una hoja de papel perfumada de colonia Varón Dandy en la que se podía leer: Recibió usted la visita del varón Dandy, ladrón discreto a la par que elegante.

La carrera criminal del varón Dandy parecía imparable hasta que un buen día pasó lo que tenía que pasar: el bote de colonia que el hombre del frac le había regalado a Modreño se vació por completo, tras meses y meses de uso continuado e indebido. Modreño cayó en la más profunda desesperación, hasta que al fin un pensamiento se infiltró en su cerebro, poco acostumbrado al raciocinio: piensa, Modreño, coño. Esta colonia es un símbolo en nuestro país, debe venderse más que el agua. Sólo tienes que comprarla en cualquier droguería. La gente no sabe lo que se puede hacer con ella, pero tú sí lo sabes, Modreño, tú sí lo sabes. Y la venden en todas partes, como los chicles. Es la gasolina del delincuente.

La teoría de Modreño no era cierta. Recorrió toda la ciudad buscando en todo tipo de supermercados y de droguerías, pero la colonia Varón Dandy ya no estaba a la venta. Se lo confirmó una señora muy amable, dueña de una droguería de barrio, que sin saberlo estaba hundiendo a Modreño en una depresión de la que difícilmente podría salir. Modreño regresó a su casa abatido y desesperanzado, pensando en su precioso frac tuneado, encerrado eternamente en un cajón del armario. Cuando estaba delante del portal del edificio, tuvo un terrible déja vu: las jodidas llaves, coño, has dejado las putas llaves en casa y ya no tienes colonia para abrir la puerta. Joder, Modreño, coño, estúpido de mierda, ahora tendría que venir un moro a darte por el culo para que te dieras cuenta de lo maricón de mierda que estás hecho, desgraciado. Esta vez ni siquiera llamó al interfono. Dio media vuelta y estuvo horas paseando por la calle sin pensar en nada, dejándose llevar. Entró en un parque precioso sin apenas darse cuenta, y al cabo de unos minutos, al cruzarse con un hombre más bien gordo de unos cincuenta años, pudo oler de nuevo aquel perfume penetrante y característico de la colonia Varón Dandy. No era un sueño, ni tampoco una alucinación. Aquel tipo rechoncho y sucio, con el pelo engominado y echado para atrás, parecía el típico taxista español, y también el típico consumidor de la extinguida Varón Dandy. El típico taxista, Modreño, el típico taxista es el que lleva la colonia Varón Dandy. El olor del taxi perfumado de Varón Dandy es el olor que se siente cuando se está en casa después de un largo viaje. Porque el taxi sigue siendo nuestro territorio, coño. ¿Dónde se ha visto un moro conduciendo un taxi? Los verás poniendo cemento, pero nunca conduciendo un taxi, porque las calles están en cristiano y ellos no lo entienden. Pero no te vayas por las ramas, joder, no te vayas por las ramas otra vez, que se escapa el taxista.

Modreño se acercó al supuesto taxista y le preguntó si usaba la colonia Varón Dandy. “Y a ti qué coño te importa. Déjame en paz, que tengo prisa”, le respondió el hombre. Modreño insistió, le aseguró al supuesto taxista que estaba dispuesto a pagar lo que fuera por un bote de aquella colonia. Como el taxista se resistía y empezaba a ponerse agresivo, Modreño tuvo que amenazarle seriamente. Para ello, sacó de su bolsillo una navaja que llevaba siempre encima cuando salía a robar, por si las cosas se complicaban. Le amenazó con disimulo y le ordenó que le condujera a su domicilio, donde esperaba encontrar la ansiada colonia. El supuesto taxista vivía en un piso pequeño y desordenado, muy cercano a donde Modreño residía. Por suerte vivía solo, de modo que nadie pudo acudir en su ayuda. El hombre aseguró que la colonia estaba en el baño, de modo que fueron hacia allí. Modreño abrió la puerta de un pequeño armario situado al lado de un espejo y descubrió en él ocho botes de colonia Varón Dandy, dispuestos con tanto esmero que contrastaban con el desarreglo general de la estancia. “Oye, muchacho, escúchame bien”, le dijo el supuesto taxista. “Ya sé para qué quieres los botes. Sólo alguien que estuviera al tanto de su poder sería capaz de hacer lo que tú estás haciendo para conseguirlos. Pero quiero que me escuches bien: yo era un hombre honrado, trabajador. Tenía una carnicería que me funcionaba muy bien, y una familia que me quería. Esta colonia me convirtió en lo que yo no era. Me convirtió en un delincuente sin piedad. Pero ten en cuenta esto, chaval: cuando se acabe la colonia, ¿qué harás? ¿Podrás volver a la vida normal con todos tus crímenes en las espaldas? Yo lo dejé a tiempo porque pensé en lo que pasaría cuando se me acabara el chollo. Pasé a usar la colonia para lo que realmente fue creada: para perfumar. Quizá cuando se te acabe la suerte ya no estés a tiempo de rehacer tu vida”. “¿Así que carnicero, eh?”, respondió Modreño. “Yo te hacía taxista, ya ves tú qué cosas”. Sin hacer caso de las palabras del supuesto taxista pero carnicero al fin y al cabo, Modreño fue cogiendo los botes de colonia uno a uno y metiéndolos en una bolsa de plástico que había encontrado en el propio piso de la víctima. El carnicero, incapaz de aceptar que los últimos botes de Varón Dandy desaparecían de su vista para siempre, empujó a Modreño para arrebatárselos. En un ataque de furia, nublado por la ambición, Modreño le clavó al carnicero su navaja, perforándole el estómago. La víctima se desplomó entre quejidos y Modreño, implacable, recogió los tres botes que quedaban en el armario y abandonó el piso del supuesto taxista, dispuesto a resucitar al implacable varón Dandy, el ladrón discreto a la par que elegante.

SE CALCULA QUE EN ESPAÑA EXISTEN AÚN DOSCIENTOS BOTES DE COLONIA VARÓN DANDY. MIENTRAS ESTÉN A LA DISPOSICIÓN DE LA GENTE, CUALQUIERA PODRÁ SER TENTADO POR LA AMBICIÓN, PERPETRANDO TODO TIPO DE CRÍMENES REPROBABLES.

 

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