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EL DETECTIVE

POR BLAS DEKER

 

El detective Blues Hudson era un portento, un namberguán de la policía. Experto en armas de fuego, siempre fue un gran aficionado a la caza mayor. Y cuanto más mayor, mejor. Una vez cazó una liebre de 72 años. Con las pesquisas tampoco tenía rival. Era capaz de encontrar hasta los huesos que enterraban los chuchos por el césped de los jardines. Se podía disfrazar de lo más inverosímil. En una ocasión se vistió de seto con tanto acierto que lo podaron. Pero se rehizo, tenía muy buena encarnadura y cicatrizaba cojonudamente.

Cada vez que el gobierno de su majestad el presidente pasaba por algún apuro, Blues era requerido para dar con la solución. Y si el cuerpo de policía se desorientaba en un crimen, el detective Hudson era quien debía resolverlo. En el caso de un asesino en serie al que llamaron “el trinchador de Andorra (Teruel)”, nuestro héroe se lució. El criminal mataba a sus víctimas cortándolas todas en trocitos de dos centímetros y luego los cosía cada uno otra vez en su lugar, recomponiendo al difunto a la perfección.

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Blues Hudson en la escena del crimen, arrugó el entrecejo, porque era más fácil que arrugar la paletilla y dijo:

- Hummmmmm, vaya lo que tenemos aquí. Este cabrón sicópata nos ha dejado su perfil sicológico bien clarito. ¿Hay restos de ADN en el muerto que no sean los suyos propios? ¿Hay huellas dactilares en la habitación?

No habían restos de nada. Era un asesinato pulcro y aséptico como no se había visto antes. Entonces Blues afirmó con poderío:

- Primero, el maníaco es médico o enfermero cualificado, porque el fiambre está mejor cosido que los manteles de mi tía Dorothy. Segundo, buscamos a un tipo al que le encantan los puzzles. Y tercero, será fácil de encontrar porque no creo que en la ciudad hayan muchas personas sin ADN y sin huellas en los dedos.

Al llegar la noche, Blues recibió una llamada en su móvil cuando se estaba tomando unas cervezas con coñac en el club de tenis. El individuo que estaba al otro lado de las ondas, falseó la voz hasta el punto de que Blues pensó que la había llamado el pato Donald.

- Ajá, Hudson, te crees muy listo, pero a mí no me atraparás, chulomierda. Soy el trinchador y esto no ha hecho más que empezar. Ah, y no intentes localizar la llamada porque he falseado también el teléfono. Te estoy hablando desde una afeitadora Braun de cabezal basculante. ¡Toma, pastillas de goma!

A Blues no le dio tiempo para responder, porque el criminal ya había colgado su maquinilla. Tal vez esto sea un intento de retarme, pensó el sagaz detective. Seguro que tarde o temprano volverá al lugar del crimen. Todo el mundo vuelve siempre al lugar del crimen. Eso está ampliamente probado si vemos a los currantes. Siempre vuelven al trabajo, ¿por qué?, pues porque es un crimen.

Pero luego recapacitó aún más y pensó que si ese individuo tenía que volver al escenario de sus fechorías, teniendo en cuenta su condición de asesino en serie y habiendo matado ya a siete personas, lo normal es que fuera alguien con mucha movilidad, muy inquieto, un superactivo, vaya.

Entonces empezó a descartar a los funcionarios, a los gestores, a los cajeros de supermercado, a los aduaneros, etcétera, y se dedicó a vigilar a bailarines, jugadores de squash, karatekas o enfermos de los nervios.

Pero, claro, que no tuvieran huellas ni código genético.

También se dedicó a buscar datos referentes a todas las víctimas para encontrar qué aspectos tenían en común. Ajá, pensó, estos desdichados tienen en común que no se parecen en nada y no hay nada que los relacione.

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Pasaron unos días de pesquisas infructuosas y otra llamada sonó en el móvil de Blues.

- Sí, dígame.

- Soy yo de nuevo, gendarme de pacotilla. Eres peor que Louis de Funes, tío. En el edificio del puerto nº.45, esquina con la 14, tienes otro regalito, mamón.

- Un momento, maldito chiflado. No te saldrás con la tuya. Te pillaré y arrastraré tus entrañas por toda la avenida 35 norte, esquina con la 23 oeste...

- En este pueblo no hay tantas calles, Hudson. Intentas ganar tiempo para localizarme, pero esta vez te llamo desde un megáfono, imbécil.

El asesino colgó y rápidamente Blues se asomó a la ventana de su apartamento. Una silueta corría por el horizonte con un megáfono en la mano y se perdía en lontananza.

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En el edificio indicado, un hombre de edad media, medieval por tanto, se hallaba difunto, cosido y recosido. Cuando Blues lo examinaba en primera instancia, llegó el forense y le preguntó:

- ¿Cómo está el enfermo, ha perdido mucha sangre?

Y Blues le contestó:

- Ni una gota, doctor, la tenemos toda aquí en el suelo.

Tampoco habían ni huellas ni rastros de nada, pero en esta ocasión, bajo la pierna derecha del cadáver se ocultaba un pequeño papel.

Hudson lo recogió con disimulo y lo guardó en su manga. Se fue al club y como quería estar despejado, esta vez tomó cerveza con Martini seco. Había algo escrito a máquina en la nota del muerto. Blues pensó que se trataba de un juego enfermizo. El sicópata loco intentaba poner a prueba la sagacidad del mejor detective del mundo, pero éste no daba con el mensaje.

Tras ocho tragos más, Blues lo descifró. La nota decía:

“El próximo trinchamiento será el viernes día 14 a las 7 de la tarde en el aparcamiento de la grúa municipal.”

Ya está, pensó Hudson, sabía que querías decirme algo. Ahora que he descubierto tu juego, serás mío, demente de mente satánica. Y para celebrarlo se pidió otras rondas, ya con coñac.

A las cinco de la mañana, la ambulancia de su primo Freddy lo dejó en su domicilio como siempre.

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Todavía faltaba un día para el viernes señalado y por eso Blues para echar el rato, montó una rueda de reconocimiento.

El capitán se extrañó de tal proceder y le preguntó:

- ¿Qué vas a sacar con ver a esos catorce delincuentes, si no conocemos al asesino?

- Pues ahí está el tema, capitán. Ya que no sabemos la identidad del sicópata, vamos a mirar a esos tipos y si hay alguno que no conozcamos, será él.

Obviamente los conocieron a todos. Además tenían huellas y ADN.

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Viernes 14. 7 horas P.M. de la tarde. El día H.

Blues entra en el elevador del aparcamiento y cuando está en él, ve una línea amarilla reciente, hecha con aerosol fosforito que luce en la oscuridad total del inmenso recinto. La sigue. No puede ver nada más. Las luces no funcionan, seguro que el criminal cortó la corriente.

Pasados unos metros, la línea acaba en una puerta de emergencia. Blues saca su pistola de la sobaquera y abre con cautela. No parece haber nadie. La raya sigue recta hacia dentro y a lo lejos da la impresión de subir por un bulto que hay en el suelo. Llega hasta él y resulta ser la víctima. Un hombre de avanzada edad, o sea que ya pasó el medioevo. Está muerto y cosido como todos los anteriores. Blues se indigna y comienza a lanzar imprecaciones a su malvado oponente.

En éstas se enciende la luz de pronto, y una muchedumbre grita al alimón:
¡¡¡¡¡¡¡ES UN MUCHACHO EXCELENTEEEEE, ES UN MUCHACHO EXCELENTEEEEE...!!!!!! etcétera.

El capitán aparece con un soberbio pastel en las manos y le dice emocionado:

- Blues, ¡sorpresa! Hemos querido agasajarte por tu 25 aniversario de servicios al departamento y te vamos a conceder la insignia de oro al mérito del honor.

Blues, el tipo más duro de la ciudad, se ruboriza y llora:

- Oh, gracias, gracias, gracias, muchas gracias. Qué cabrones sois, amigos. Sois los mejores, estupendos, sniff, joder, me habéis llegado al alma.

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Al capitán Nelson Sparring le costó lo suyo montar toda esa trama durante más de un año. También perdieron la vida unos cuantos inocentes, pero es que Blues Hudson se merecía eso y mucho más.

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