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THE LOVELY LINDA

 

Arturo Remengado llegó a su casa un viernes por la tarde y se asustó al encontrar en su salón a una abuela a la que no conocía de nada. Estaba sentada en una silla de ruedas mirando la tele, y ni siquiera se inmutó cuando él entró por la puerta. Remengado miró a su alrededor confundido. No se había equivocado. Aquella era efectivamente su casa, y por alguna extraña razón aquella mujer había conseguido entrar en ella. “Señora, ¿podría usted decirme qué hace aquí? ¿Señora?”. Al ver que no obtenía ninguna respuesta, Remengado llamó a su asistenta. Era la única persona que había estado en casa durante su ausencia. Ella se lo aclaró todo. Aquella mañana unos enfermeros habían traído a la señora del hospital, asegurando que se encontraba mucho mejor y que debía guardar reposo. La asistenta, que llevaba dos meses trabajando allí, dio por supuesto que se trataba de la madre de Remengado y la sentó delante del televisor. “¿Pero de qué hospital venían? ¿Le hicieron firmar algún papel?”, preguntó Remengado. “No hacen firmar nada. Una anciana no es como un paquete certificado, señor. Iban con prisas, todo fue muy rápido”, respondió la asistenta. Remengado colgó. Inspeccionó los bolsillos de la bata de la abuela. Sólo encontró un pañuelo lleno de mocos. No había forma de identificarla. Preguntó a sus vecinos. No a todos (el edificio tenía diez plantas) pero sí a los más cercanos. Ninguno de ellos sabía nada. Desesperado, llamó a su amigo Marcelo, que había estudiado Derecho. Él sólo supo tomárselo a risa:

- Véndela en Ebay, tío, la gente compra de todo.

- No empieces, joder, que esto es serio.

- ¿Y no habla ni nada?

- Es un puto vegetal.

- No sé. Puedes llevarla a un hospital y explicar lo que ha pasado. O dejarla en una comisaría.

- ¿Como si fuera un objeto perdido? Venga, tío. No dejarán que me deshaga de ella sin más. Me retendrán allí hasta que lo aclaren todo, si lo aclaran. Y esta noche viene Sheila, la tía que conocí en el autolavado. No quiero tener que anular la cita.

- No te queda otra. O haces eso o le presentas la abuelita a tu amiga.

- Hemos quedado para follar. ¿Cómo quieres que lo hagamos con la vieja aquí?

Marcelo tenía razón. No le quedaba otra. Apagó el televisor y envolvió a la abuela con una manta. “Voy a llevarla a una comisaría, ¿vale? Para que la devuelvan a su casa”. La anciana no reaccionó. Tardó un cuarto de hora en meterla en el ascensor, pero finalmente pudo salir a la calle. A medio camino recibió un mensaje de Sheila en el móvil: “Hola wapo. Stoy viniendo. Ve klentando l kama. ;)”. Remengado estaba furioso. No quería dejar escapar aquella cita, llevaba meses sin mojar. Pasó entonces por delante de una parada de autobús. No había nadie alrededor y, sin pensarlo dos veces, aparcó allí a la abuela. “Tengo que dejarla, señora. Distráigase viendo pasar a los coches. Me sabe mal, de veras. Un placer, ¿eh?”. Remengado regresó a su casa sin mirar atrás. Lo que había hecho estaba mal, pero no conocía a aquella señora de nada y tenía otros asuntos que atender, concretamente uno que usaba la talla 120 de sujetador.
La cita fue un desastre. Remengado no estaba por la labor, no dejaba de pensar en la anciana que acababa de abandonar en plena calle. Sheila tampoco ayudó mucho. Había sufrido un accidente de moto la semana anterior. No había sido nada grave, pero ahora pretendía que él le lamiese la herida que tenía en la pierna. Remengado se negó a hacerlo. Ella insistió, diciendo que le excitaba la idea. “¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que te contagie algo?”, dijo Sheila ofendida. “No había pensado en ello, pero ya que lo mencionas, prefiero pillar el SIDA follando que comiéndote los puntos”. Su respuesta fue definitiva. Sheila se marchó y Remengado se quedó solo, pensando en la vieja. Forzado por la mala conciencia, acabó regresando a la parada de autobús. La abuela seguía allí, con tres ejemplares de un periódico gratuito que alguien había dejado en su falda. Una hoja seca, desprendida de algún árbol cercano, se había posado en su cabeza. A Remengado se le partió el corazón al verla y, sin ánimos para llevarla a la comisaría, decidió traerla de nuevo a su casa.


Remengado en una foto tomada con el móvil de Sheila.

“Ni siquiera sé cómo te llamas. ¿De verdad que no puedes hablar?”. La anciana seguía ausente, con la mirada perdida. “Te pareces un montón a Paul McCartney. En serio. Al aspecto que tiene ahora que es viejo, quiero decir. No te ofendas, es la pura verdad. Te llamaré Linda, como su mujer, la que murió de cáncer. ¿Sabes que escribió una canción para ella en su primer disco en solitario?”. Remengado rebuscó entre sus discos hasta que encontró el de McCartney. Se sentó al lado de la anciana escuchando junto a ella “The Lovely Linda”. La música pareció animarla. Sus ojos desprendían ahora un cierto brillo y sus músculos parecían menos tensos. Remengado recordó que a las plantas les iba bien escuchar música. Después se arrepintió de haber pensado eso. Se durmió. Al cabo de una hora abrió los ojos. El disco había terminado y la mujer seguía allí, impasible. Se levantó, pensando en algo que pudiera sacar a Linda de aquel estado de letargo. De pie frente a ella, se bajó los pantalones y se sacó la polla. “¡Soy criador de gusanos y este es mi campeón!”, gritó sosteniendo el miembro entre sus manos. Viendo que la expresión de Linda no cambiaba, Remengado aceptó su derrota y acabó resignándose al mutismo de la anciana. El silencio le resultaba incómodo, de modo que empezó a contarle su vida a la mujer. Repasó sus encuentros amorosos, las putadas que le hacían en el trabajo e incluso sus recuerdos del colegio. A diferencia de todas las mujeres con las que había estado, Linda escuchaba. No interrumpía con comentarios sarcásticos, no se compadecía de él. Simplemente escuchaba. Cuando ya empezaba a sentirse a gusto con su compañía, llamaron al interfono. Los mismos enfermeros que habían traído a Linda aquella mañana volvían para llevársela. Al parecer, sus parientes la reclamaron y se descubrió el error. Remengado observaba ahora a los enfermeros desde la ventana, subiendo a Linda en la ambulancia con esfuerzo. Sintió tristeza. Las horas que había pasado junto a ella le habían enseñado algo. Ahora se sentía mucho más humano. Más persona.

 

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