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TODO ES MENTIRA

 

Jerfel Llodrenguen conocía bien a su esposa y estaba convencido de que ocultaba algo. Su actitud era distinta. Se mostraba distante y esquiva. Cuando salía el tema en alguna conversación, ella lo negaba todo y sonreía como si nada ocurriera. Se trataba, sin embargo, de una sonrisa nerviosa y tensa. La sonrisa del que guarda algún secreto inconfesable. Ahora Llodrenguen intentaba convencer al detective Kilven para que siguiera controlando a su esposa:

- Hay algo que se nos escapa. No quiero rendirme ahora. Quizá es lo que ella está esperando. Quiere que desistamos, Kilven.

- Ella no sabe que la sigo. No sabe nada. Llevo veinte años en esta profesión y puedo asegurarte que tu mujer no te engaña. Cada día hace lo mismo, su vida de siempre. Sale de casa a las siete y coge el autobús hasta Hender Park. Compra el periódico. Se reúne con el hombre del sombrero marrón en la puerta del hotel Parkland. Alquilan una habitación. Una hora después el hombre sale del hotel vestido con otra ropa y se va. Diez minutos más tarde sale ella con un maletín negro. Lo tira en la papelera de la esquina y se sienta en el banco de la acera de enfrente. Un anciano recoge el maletín, lo abre, cuenta el dinero que hay dentro. Se quita la careta y lo que antes parecía un anciano resulta ser …

- …no sigas, no hace falta. Ya lo sé. Es la misma mierda de siempre. Pero síguela unos días más, intuyo que pronto descubriremos lo que está ocultando. Últimamente se muestra más nerviosa de lo habitual.

- No pienso seguir con esto. Creo que estás paranoico, sinceramente. Es tu mujer la que debería preocuparse por ti, y no al revés.

Jerfel Llodrenguen.

Aquella misma noche, Llondrenguen decidió hablar con su esposa una vez más. Verla mentir le enfurecía pero al mismo tiempo confirmaba sus temores, evidenciaba que lo suyo no eran meras suposiciones de un marido paranoico.

- ¿Qué tal el día? ¿Qué has hecho hoy?

- Lo de siempre, cariño, lo de siempre. El autobús, el hombre del sombrero marrón…

- … el maletín con el dinero, el anciano que se quita la careta… Sin novedad, pues.

- Exacto, sin novedad. ¿Vas a terminarte la ensalada, cielo?

Su mujer se estaba acostumbrando a resistir los interrogatorios con aparente naturalidad. Nunca confesaría, a no ser que él la pillara con las manos en la masa. Su detective había abandonado la lucha, de modo que ahora tendría que sustituirle él mismo hasta que encontrara a otro. Llamó a la oficina y se tomó el día libre. Alquiló un coche y siguió a su esposa procurando no ser visto. Ella parecía seguir la rutina de siempre. Se había encontrado con el tipo del sombrero y ahora estaba en la habitación con él. Al cabo de una hora y diez minutos volvería a salir. Sonó el teléfono de Llodrenguen:

- ¿Diga?

- ¿Es usted el señor Llodrenguen?

- Sí. ¿Con quién hablo?

- Soy Nancy, la enfermera que cuida de su madre.

- ¿Qué ocurre?

- Ha sido terrible. Esta mañana su madre ha empezado a encontrarse mal. Tenía un aspecto horrible. La he vestido para llevarla al médico y, al abrir la puerta del piso, unos hombres camuflados me han paralizado con una sustancia y han intentado matar a su madre. Ella ha pronunciado unos versos en latín y de las paredes…

- …oiga, ahora mismo tengo mucho trabajo. No puedo venir. Llame a mi hermana.

- Su hermana también es de ellos, señor Llodrenguen. Estaba metida en esto desde el principio.

- Está bien, está bien. Ahora vengo.

Rabioso por tener que interrumpir su vigilancia, Llodrenguen arrancó el coche y se fue en busca de su madre, tan inoportuna como siempre. Su esposa se había librado por los pelos de ser finalmente desenmascarada. Sin embargo, Llondrenguen era un tipo insistente y estaba convencido de que pronto descubriría la verdad de todo aquello.

 

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