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MONTCADA CAFÉ

 

Joseile Santander disfrutaba de una tarde de domingo viendo a la gente pasar desde la terraza de una céntrica cafetería. En la silla de al lado reposaba la perrita Keybra, inmersa en sus propios pensamientos. Un viejo escupía un gargajo enorme que volaba durante unos segundos, describiendo una parábola casi perfecta en el aire y aterrizando finalmente en medio del asfalto. Santander observaba la proeza admirado y levantaba el vaso de gin tonic que le había servido el camarero. “Oiga, ¿es usted Jack Nicholson?”. Santander sorbía el contenido del vaso comprobando que, desgraciadamente, el camarero se había pasado con la ginebra. “Oiga, señor, disculpe”. Él había dejado bien claro que lo quería más bien corto de ginebra, pero la gente nunca escucha. “Señor, oiga”. Alguien aparecía de repente, levantando a Keybra de la silla y tomando asiento en ella sin pedir permiso. La preciosa tarde de domingo se estaba yendo a la mierda.
 

- Perdone, señor, le estaba llamando pero no me oía.

- ¿Quién es usted?

- Oh, nadie, yo no soy nadie. Es que de lejos me ha recordado usted a Jack Nicholson, el actor.

- Pues se ha confundido. Y se ha sentado justo donde antes estaba mi perrita.

- Vaya, lo siento, no era mi intención molestar. Es que quería pedirle un autógrafo. Al beber del vaso ha hecho una mueca clavadita a las de Nicholson.

- Ya, pero yo no soy Jack Nicholson. Siento defraudarle. Ni siquiera me parezco.

- Oh, pero no importa. Colecciono autógrafos, ¿sabe? Tengo un autógrafo de un tipo que se parece a Iggy Pop, otro de una chica que es clavada a la presentadora de aquel programa de deportes, ahora no recuerdo cómo se llama…

- ¿Pero para qué quiere sus autógrafos si ni siquiera son famosos?

- Porque los colecciono.

- Ya lo sé, ¿pero por qué?

- Porque tengo muchos, ya se lo he dicho. Toda una colección. Mire, firme aquí, ponga “Para Antonio” y la fecha de hoy aquí debajo.

Joseile Santander

La gente de las otras mesas se giró al ver que Santander estaba firmando un autógrafo. “¡Jack Nicholson!” gritaba su admirador, señalándole y atrayendo aún más las miradas de los transeúntes. Santander hacía que no con la cabeza, intentando dejar claro que él no era famoso ni era nada. Pero fue inútil. Cuando Antonio se hubo levantado de la silla, se sentó en ella un chico que pasaba por allí, convencido de que estaba ante un gran actor de Hollywood. Él intentó aclarar de nuevo que no era ninguna celebridad, pero Antonio, su fanático seguidor, le interrumpía constantemente animando a la gente a acercarse. Santander pidió la nota al camarero y, mientras esperaba, se resignó y empezó a firmar autógrafos para acallar al grupo de curiosos, que sobrepasaba ya las treinta personas. En cuanto pudiera, huiría de allí inmediatamente. Sin embargo, la cuenta no llegaba. Se había organizado tanto follón en la terraza que el camarero no daba abasto. Un tipo forzudo y mal afeitado, acompañado por sus dos hijos con pinta de delincuentes juveniles, se sentó ante Santander cuando llegó su turno y sin querer pisó a Keybra, que empezó a ladrar agresiva.

- Sorri Chac, sorri. Very biutiful perro.

- No se esfuerce, hablo su idioma.

- ¡Anda! Pues qué cultura tiene. Qué bien, hombre, qué bien. Pues sepa que me encantó en aquella película de miedo con la Verónica Forqué, ya sabe, la que salía usted regañando a un niño rubio que hacía cosas con el dedo.
 

Santander empezaba a enervarse. Mientras escuchaba aquellas absurdidades, los dos hijos de aquel tipo habían empezado a provocar a Keybra.


- Ya he dicho que no soy Jack Nicholson. Sólo me parezco a él. Y eso ya es mucho decir.

- Venga hombre. Que me está usted tomando el pelo. Cómo no va a ser Jack Nicholson, con esas cejas y esa cara. Que usted no tiene precisamente una cara normal. Y no se ofenda.

- Pero oiga, ¿es que acaso no le extraña que hable castellano?

- Claro, pero es que la gente como usted viaja por todo el mundo. Suerte que tienen.

- ¡Pero qué tercos son! ¡Puede que Nicholson hable español, pero no con el acento de Murcia, por el amor de Dios! ¡Y haga el favor de decirle al niño que deje de putear a mi perra, cojones ya!
 

Lo del acento de Murcia hizo entrar en razón a aquella legión de fanáticos. El tipo rudo y mal afeitado que le había hecho perder la paciencia fue el primero en sentirse estafado. Insultándole y llamándole impostor, se levantó de la silla y le dio una patada a Keybra, que gimió y se agarró rabiosa a la pierna de su agresor. Todo el ajetreo hizo que el vaso de gin tonic que reposaba encima de la mesa se tumbara, y gran parte de su contenido se vertió encima de la perra, que se agitaba nerviosa justo debajo de la mesa. Santander se levantó dispuesto a plantarle cara a aquel tipo pero, en aquel momento, uno de los gamberros que había estado molestando a Keybra encendió una cerilla muy cerca del animal, que al estar empapado en alcohol empezó a arder. La perra corrió calle abajo totalmente fuera de sí y Santander la siguió desesperado. Todo había ocurrido tan rápidamente que la gente en la terraza ni siquiera reaccionó. Observaban a aquel pobre hombre corriendo y gritando como un poseso el nombre de su perra, que iba dejando a su paso una estela de humo disipada lentamente por la brisa. “Los hay que no saben aceptar la fama”, dijo finalmente Antonio, rompiendo el silencio. “Y, como siempre, los que acaban sufriendo son los de su entorno”. El camarero trajo por fin la cuenta a la mesa de Santander. Al ver que el hombre había desaparecido, resopló y escupió con fuerza mirando al horizonte. El enorme gargajo, elevándose durante unos segundos, trazó una parábola casi perfecta y se estampó después en medio del asfalto.

 

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