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El enfrentamiento desangelado

(visión nocturna y sanguinaria)

 

 

Índice

Aforismos del enfrentamiento. Tres conclusiones lacrimógenas.

Primer enfrentamiento. La génesis del odio

Segundo enfrentamiento. La mirada del otro y la hondonada agresiva

Tercer enfrentamiento. Trasgresión sintomática

Primera conclusión provisional.

Cuarto enfrentamiento. La invención del látigo y la superestructura

Quinto enfrentamiento. Surge de la nada una mina antipersona

Sexto enfrentamiento. El discurso del analfabeto

Segunda conclusión provisional.

Séptimo enfrentamiento. El incremento de la solución extemporánea

Octavo enfrentamiento. La falta de higiene y los picores nocturnos

Noveno enfrentamiento. La presión genital y la petición de ayuda

Tercera conclusión definitiva.

Memorias de la idiosincrasia.

El tronco eugenésico

Ipseidad del flagelo dañado

Actuación viril dramatizada (Parcialmente traducida)

Revisión excéntrica de la constricción en tanto que tal. (Por traducir)

Asunción dismenorréica

Disyunción limítrofe del yo

Otreidad de la distancia

Conclusiones enfrentadas [presión milimétrica]. (Por traducir)

 

Aforismos del enfrentamiento. Tres conclusiones lacrimógenas.

 

Primer enfrentamiento. La génesis del odio.

 

  1. Me propongo visitar este gran cementerio que es la humanidad para encontrar en ella el más pequeño rastro de materia cadavérica. No hay nada más frío y desolador que lo que avista la mirada en esta interminable colección de tumbas. Nada más tétrico que la visión del hombre mismo, nada más estremecedor que sus propias intenciones, nada más doloroso e hiriente que ser un cuerpo más enterrado bajo capas y capas de odio reprimido. Somos la historia del hambre y la miseria, bajo la más inocente carcajada yace la mueca insípida de un muerto.

 

  1. Nació el hombre envuelto en llagas, sangre y dolor, y ahora clama venganza y busca a quien le condenó a la muerte. ¿Has encontrado ya a tu verdugo, pequeña criatura frustrada? No resbales, estás pisando sangre antigua que ni el paso del tiempo ni la brisa persistente consiguen coagular. 

 

  1. Como no encuentra culpable más allá del horizonte, se mira el hombre al espejo y escupe [llama insoportable]. Una primera hemorragia se convierte en un torrente, ahogado el hombre en su propia sangre llama por teléfono y se prepara un café con leche.

 

Segundo enfrentamiento. La mirada del otro y la hondonada agresiva.

 

  1. Me inundo de vacío al entregarme a la interioridad humana. No hay nada dentro de uno mismo. Sólo un espacio inacabable que produce abulia y desespero. El aire me congela las venas, alguien no ha cerrado bien la puerta. ¿Podrías cerrarla tú, Maria? Ah, gracias, eres un sol. Pero del sol a la negra noche, y un búho pardo me mastica la lengua.

 

  1. De repente salgo del vacío y alguien me roza la espalda. Dos vacíos infinitos se tocan y se funden. Dejo de estar solo y el odio bulle en mis entrañas. El mundo deja de ser mío, un contrato de alquiler se desploma en mi cabeza.

 

  1. La presencia del otro inunda su vacío, el hombre extiende la semilla del odio. Quiero aplastarte, convertirte en sufrimiento puro. Deseo que no exista nadie, estoy harto de las colas en la seguridad social.

 

Tercer enfrentamiento. Trasgresión sintomática.

 

  1. Cierro mis párpados y contemplo la existencia desde fuera. Estoy enjaulado. He nacido en un barril lleno de carne. Me sumerjo en mi desgracia, convierto a mi mujer en una pastilla de jabón y pronuncio una palabra acabada en erre.

 

  1. Me aproximo al límite de lo pensable y miro qué hay afuera. Un poco más arriba dos enanos fabrican una bomba con nitroglicerina. Me propongo saltar al vacío, pero está en obras. La mala suerte me persigue. Quiero trabajar de secretaria en una multinacional.

 

  1. Nace el estado omnipotente y padezco un ataque de tos. El cumplimiento de la ley sabe a lejía. No recuerdo nunca qué viene antes, si el trueno o el rayo. Por si acaso compraré un paraguas de cristal. Me enamoro de ti y de la palabra manteca.

 

Primera conclusión provisional.

 

El peso de mis pensamientos me curva la espalda. Me detengo en un rincón para escupir barbarie. Si es el hombre un animal, ¿por qué compra trajes de marca? Anduve meditando largo tiempo sobre esta cuestión y un perro adiestrado me robó los calcetines. Cazo una reflexión al aire de Martin Heidegger:

 

"En el 'Se' del 'Se da el ser' habla un estar presente de algo que está presente, por tanto en cierto modo un ser. Si ponemos esto en lugar del Se, entonces la proposición 'Se da el ser' dice tanto como 'El ser da el ser'"

 

Sustituyo la palabra ser por la palabra mequetrefe, el término Se por la expresión bofetadas a miles y se abre un mundo:

 

"En el 'bofetadas a miles' del 'bofetadas a miles da el mequetrefe' habla un estar presente de algo que está presente, por tanto en cierto modo un mequetrefe. Si ponemos esto en lugar del bofetadas a miles, entonces la proposición 'bofetadas a miles da el mequetrefe' dice tanto como 'El mequetrefe da el mequetrefe'"

 

Pero ello no responde a la pregunta que interroga por la naturaleza misma del odio. ¿Es el hombre un ser capaz de odiar? ¿Por qué odia el ser humano, si es que efectivamente odia? ¿Es el odio una consecuencia del estado-de-arrojado heideggeriano o simplemente algo derivado del estado-de-patitas-en-la-calle? Imaginemos por un momento que estamos presenciando el parto de nuestra hermana gemela. Justo cuando el bebé sale a la luz, la comadrona lo coge en brazos y le da una palmada en el trasero, para que aprenda lo que es el dolor terrenal. Pero al darle este pequeño golpe, el niño se le resbala de las manos y cae al suelo, convirtiéndose en un pisapapeles. Imaginaos ahora la reacción de la madre, que ni siquiera ha tenido tiempo de verle el rostro a su hijo. Esto es lo más parecido al odio, quizá cabría añadirle un poco más de pimienta. El odio es inherente a la condición humana, y no tiene sentido analizar este hecho en términos morales, no es algo que dé buen resultado, y menos en invierno. Consideraremos la cuestión como un factum, como algo que hay que interiorizar desde una postura axiológicamente neutra, si puede ser también impermeable. Es turbador mirar al ser humano directamente a los ojos. ¿Veis en él la expresión del odio? Sí, sobretodo un lunes por la mañana. ¿Pero por qué la felicidad no es más que un nadar contra corriente, intentando fingir que no nos damos cuenta de que existe el inspector de hacienda? ¿Es verdaderamente esto la vida humana? Pero no hace falta pensar más: mirad al hombre mismo, en su lucha diaria. Veréis la expresión desangelada del animal confundido. Se trata de una constatación típicamente filosófica, en el sentido en que podría decirlo Spinoza si no estuviera ocupado haciendo otras cosas. ¿Qué sería del mundo sin el odio? Quizá el precio de las verduras descendería, o la leche nos produciría alergia. El caso es que, habiendo aceptado el odio como un factum, no tiene sentido considerar mundos posibles. Interesa sólo el mundo que el odio nos abre, y cabe aprovechar la ocasión, porque algún día podríamos encontrarlo cerrado. ¿Por qué odia el ser humano? ¿Por qué odia la hermana gemela a aquella comadrona, en vez de regalarle una caja de bombones? Ello es algo que nadie (digo nadie en el sentido augustiniano) podrá explicar sin antes recurrir al puesto del hombre en el cosmos.

 

Cuarto enfrentamiento. La invención del látigo y la superestructura.

 

  1. El hombre nació muerto pero no se pudre. Por eso existen las brigadas de limpieza. Pero denle un caramelo a un ciego y verán que se lo come igual. Un sí, un no, una línea recta, una meta... un Happy Burguer con doble de queso... Entro en terreno pantanoso y con la ropa interior sucia.

 

  1. ¿Existe algo que pueda ser denominado alma? Y no me vale el nombre de una niña. La mujer nació de una costilla y, acto seguido, inventó el látigo. Soy consciente de mis limitaciones y pido una hipoteca.

 

  1. Recuerdo al ser humano desnudo, recorría apresurado los pasajes oscuros de su propia celda. Todas las especies del reino animal contemplaron satisfechas la agonía de aquel anacoreta enjaulado, el odio se había apoderado de él. Aplaudieron los primates, el oso hormiguero ganó la lotería y un papagayo padeció un desprendimiento de retina.

 

Quinto enfrentamiento. Surge de la nada una mina antipersona.

 

  1. Alguien vierte agonía incandescente en el reverso de mis pantalones. Llamo a los bomberos y contesta un sordo. Allí donde el hombre se erige como rey de los primates, resbala y padece contusión cerebral. ¿Es el hombre un ser-en-el-mundo? Sí, pero sólo a veces. Hay ocasiones en que es ser-en-el-retrete.

 

  1. A los que creen en el pacto social: el Estado soberano es el que posee el mando de la tele, no existe algo parecido a la voluntad general. Si creéis en el libre albedrío, ¿por qué dejáis que la asistenta os prepare la comida? Pero el hombre es ciego para consigo mismo, incapaz de comprar nada si no está de rebajas.

 

  1. Un dolor punzante invade mi cerebro. Es la metralla del odio, mezclada con la arena que pisaron mis antepasados. Algo me presiona el párpado y no pide perdón. Si no te gusta cortarte las uñas de los pies, trasládate a Angola.

 

Sexto enfrentamiento. El discurso del analfabeto.

 

  1. Si la nada existe, ¿por qué no trasladan allí a mi primo Friedrich? El hombre que es parásito para otros hombres tiene los días contados, sobretodo desde que se inventó el sable. Si uno plantea la vida como un proyecto, llegará un momento en el que requerirá los servicios de un notario.

 

  1. La cuestión del remordimiento: acciones pasadas que retornan y agreden la consciencia. Viejas heridas que se abren y reclaman existencia. No mirar atrás, el olvido que enmascara. Lástima que esté prohibido circular sin retrovisores.

 

  1. Si el hombre es un animal social, mi hija autista debe ser un puercoespín. Desde lo alto, el mundo se parte en dos mitades, desplomándose ante mí. La guerra es el padre y el rey de todas las cosas, sobretodo en una cena familiar. Mientras haya hombres que lleven calcetines blancos con mocasines, habrá guerras en el mundo.

 

Segunda conclusión provisional.

 

¿Es el mundo una creación de mi mente? No hace falta apelar a Dios para negarlo. Si el mundo fuera obra mía, las mujeres irían desnudas por las calles y los peajes serían gratuitos. Pero ahí esta la duda, como líquido inflamable a punto de prender. La búsqueda de una verdad certera empieza allí donde se pierde empleo fijo.  Fijémonos por ejemplo en el discurso cartesiano:

 

"Así, puesto que los sentidos nos engañan, a las veces, quise suponer que no hay cosa alguna que sea tal y como ellos nos la presentan en la imaginación"

 

Es decir, si constatamos que nuestra mujer nos ha engañado con un pulidor de lentes, no podemos fiarnos ni siquiera de lo que comemos. Porque quizá nos parece que lo que hay en el plato a la hora de la cena es un filete con guarnición cuando en realidad tenemos ante nuestros propios ojos la noción kantiana de sujeto trascendental. No se puede ser kantiano sin tener un buen estómago. O lo que es lo mismo, no se puede estar casado y dejar que la mujer nos prepare la comida. ¿Niega todo ello la validez de la duda hiperbólico radical? Todo dependerá de si cocinamos con microondas o, por el contrario, somos vegetarianos. Pero está claro que, dudando de la constitución misma del fenómeno en cuanto tal, nos veremos obligados a dudar también del estatuto ontológico de nuestra pareja sentimental, y ello requeriría la intervención de un abogado. ¿Cómo podemos estar seguros de que el conocimiento que poseemos del mundo es verdaderamente cierto, regido por ideas claras y distintas? Si nos centramos en el ámbito de la biología, podremos constatar este hecho simplemente sirviéndonos de una aguja. ¿Cómo distinguir un ser vivo de un elemento inerte? Si punzándolo con una aguja grita o pronuncia la palabra maldición, es que es un ser vivo. ¿Pero acaso gritan las plantas y los microorganismos? Está claro que sí, aunque el hecho de carecer de testículos provoque que su voz sea tan aguda que no alcance los límites del umbral de percepción humano. No podemos negar que la cuestión es compleja y difícil de determinar desde un enfoque filosófico, pero más difícil es construir un edificio de diez plantas contando sólo con la ayuda de un cuchillo y un irlandés maníaco depresivo. Si aceptamos que el mundo es algo que nos viene dado, aceptaremos también cierto grado de determinismo. Es el típico caso del alcohólico, que si pega a su mujer es porque el mundo le ha hecho así. Ello lo intentó mostrar el propio Wittgenstein en sus escritos sobre la certeza:

 

"268. 'Sé que esto es una mano.' - ¿Y qué es una mano? - 'Pues, por ejemplo, esto.'"

 

Y un lector atento adivinará qué es lo que prosigue al esto: la bofetada, sin ninguna duda. Pero como la mujer no acostumbra a filosofar más que en cuestiones relacionadas con el estatuto del sofrito en su relación con los productos cárnicos, lo más probable es que no entienda la reflexión del alcohólico. Alguien podría acusarme en este punto por haber insertado en mis constataciones ciertos rasgos machistas. No intentaré defenderme ante tamaña acusación, simplemente diré que la sociedad me ha hecho así. Y quien no esté dispuesto a aceptar los postulados del determinismo, siempre puede alquilar un sidecar.

El hecho de que el mundo no sea una creación del hombre, como ya ha quedado demostrado, no implica tampoco que tengamos que defender el determinismo hasta el extremo de la náusea. Está claro que el ser humano es capaz de incidir en el curso de los acontecimientos, sobretodo si posee armas de fuego. Recordemos el caso de aquel individuo que, para demostrarse a sí mismo que era capaz de cambiar su suerte y llevarle la contraria al destino, intentó afeitarse el pelo e impedir después su crecimiento, violando de este modo una de las leyes básicas de la naturaleza. Soportando las incómodas consecuencias que tiene para el ser humano untarse el cráneo con cemento, soportando estoicamente la feroz tortícolis, consiguió aquel individuo refutar las tesis de algunos idealistas y, de paso, evitar un resfriado. Y por si la contrastación empírica no sirve para entender que los asuntos humanos cabalgan entre el determinismo y la acción libre sobre el medio, habrá que recurrir a la administración de analgésicos.

 

Séptimo enfrentamiento. El incremento de la solución extemporánea.

 

  1. Se siente el ser humano abandonado por el mundo. Agrediéndole los vientos con punzantes envestidas, intenta aferrarse a lo divino como apartando la mirada de la inminente desgracia. La respuesta más sencilla es también la del cobarde: no debemos olvidar que nuestro abuelo pudo haber muerto de úlcera gástrica.

 

  1. No por poseer dos úteros doblaría la mujer su pensión de viudedad. Es algo que ni en el mismo infierno ocurriría. El calor dilata los metales, no intentemos ingerir una moneda de cobre dentro de un horno de inducción.

 

  1. Constatación filosófica inherente al ciclismo: todo lo que asciende acaba descendiendo, a no ser que nos quedemos a vivir en la cima de un monte. El habitante del desierto busca mejorar sin pausa, desprende sudores mortales que respiran las luciérnagas. Pero las montañas son dunas, las cimas devienen valles y el precio del carburante es inestable. Aparece la noción de progreso cuando crece la amplitud del miembro.

   

Octavo enfrentamiento. La falta de higiene y los picores nocturnos.

 

  1. Ante el frío aterrador de invierno, se desploman como piedras los párpados del hombre. Despierta su sangre al mediodía y un timbre arrollador presiona ahogado el tímpano. No abriremos la puerta al vendedor de enciclopedias si antes no hemos aceptado como válida la antropofagia.

 

  1. Mirando al cielo resplandece el rostro incisivo del cosmos. Centenares de niños zumban en derredor de un animal moribundo. La mordedura, la rabia ciega y corrosiva, gritos amargos en la negra noche. Cuando la piedra alcanza su objetivo es demasiado tarde. Ingerir carne en mal estado impide hacer el amor según el modo geométrico.

 

  1. Es más fácil aprehender la inmensidad del otro que coagular la sangre de un muerto. Forzando el sentido mismo de la razón humana, llegamos a concebir como existente una lasaña. Entre los partidarios de mojar pan en la salsa de los macarrones, yacerá siempre algún analfabeto. Pero para conservar intacta la memoria de la tradición no requeriremos la mirada hacia atrás. Bastará contar con la ayuda de un congelador [Frost].

 

Noveno enfrentamiento. La presión genital y la petición de ayuda.

 

  1. Desprendo la coyuntura de la nada, aceptada como natural la exégesis. Mortal la mirada del discípulo, entonando místicos cantos, removiendo masa encefálica que recuerda la simiente nocturna. Huyendo del dentista, hinco el diente en un barril de anestésicos, descubro en todo su esplendor la frigidez.

 

  1. ¿Por qué es el hombre un ser-a-la-muerte y no un lenguado-à-la-meunière? Habría que preguntárselo al diseñador de la esvástica. ¿Qué me sugiere la palabra rotundo? Lo mismo que odnutor leído a contrapelo. Hay que aprender a interpretar a contracorriente, si es posible sin mojarse las amígdalas (salad-gìma)

 

  1. Aparece de repente una serpiente tetraplégica. Los gritos que profiero se vuelven contra mí, mastico un hierro y me daño las encías. Este ruido atronador acabará provocando estreñimiento leve. En el salto hacia la salvación me desgarro las ingles. Aplaudo y aplasto sin querer la voluntad de un filantrópico.

 

Tercera conclusión definitiva.

 

Es el fin del camino, tiemblan las piernas y una erección invade el espacio sobrante. Reconcentrado en sí mismo, se enfrenta un anciano a la metafísica de la presencia. ¿Adónde fueron a parar las nociones absolutas cuando murió la subjetividad humana? ¿Quién pagó el entierro? Entiendo un concepto trascendente y mantengo inútilmente ocupada una neurona. Desde la lejanía que proporcionan las alturas, un ser alto y peludo descuartiza una cabra montesa. Llevamos impregnada la crueldad ajena, alguien está robando nuestro oxígeno. La religión que mantiene unida la muerte con el alma humana acostumbra a tener cuentas en Suiza. ¿Por qué, pues, la necesidad de elucubrar inútilmente sobre algo que existe solamente los lunes por la noche? Bien es cierto que San Agustín, en las Confesiones, se permite el lujo de escribir en un mismo párrafo palabras y expresiones tales como hombres, excesivamente carnales, viscosidad hecha con la mezcla, Consolador y Espíritu Santo. No es de extrañar que, ya en la baja Escolástica, alguna que otra mujer pasara hambre. Pero hay que contextualizar siempre una doctrina filosófica para aprehender su sentido último, y la siguiente cita de Spinoza debería resonar sin pausa por las calles suburbiales de cualquier metrópolis:

 

"Sin duda que el caballo y el hombre son arrastrados por el deseo sexual de procrear"

 

Moviéndose el ser humano en un mar de irrefrenables pasiones, es inútil agarrarse en el vacío. El anhelo de la solidez pétrea, inabarcable con las dos manos, escuece siempre y, al final, deja de doler. Dada la animalidad humana, habrá que aceptar los postulados de la equitación, rompiendo con el tabú del incesto, troceando si cabe una lombriz para sorprender en sus quehaceres la noción misma de infinito en acto.

 

Memorias de la idiosincrasia.

 

El tronco eugenésico.

 

"Pero yo vivo dentro de mi propia luz, y además no pago alquiler. Hace calor, sí, pero yo reabsorbo en mí todas las llamas que de mí salen, y te pido por favor, pequeño, que te retires a un lado: aquí todos no cabemos"

Nietzsche, Así habló Zarathustra (un libro para alguien en algún sitio)  [traducción libre]

 

El primer testimonio escrito sobre la patata en el Viejo Mundo se debe a Pedro Ciega de León, que en 1538, en su crónica del Perú, la describe como "una turma de tierra que cuando se cuece se hace tan tierna como una castaña cocida". Sin embargo, este tubérculo, de consumo tan extendido hoy en día, no se introdujo en nuestro país hasta finales del siglo XVI y su cultivo tardó cien años más en desarrollarse en los Países Bajos. La introducción de un nuevo tubérculo en la cultura occidental conlleva no pocas consecuencias en la concepción del hombre y de su historia. En ocasiones el filósofo, sumergido en la consideración de lo universal, no se deja iluminar por el aura de lo minúsculo. Y es que el tamaño ha importado siempre en la ordenación humana de la realidad caótica. Cuando Nietzsche afirma "Darnach frage und suche und suchte ich" lo que está queriendo decir en realidad es "el tamaño no importa, fierecilla". Emerge ya entonces el rubor de la vergüenza, voy a por un poco de agua y estoy aquí en unos minutos.

Las primeras viviendas construidas en la época del imperio romano carecían de suministro eléctrico, y para la obtención de agua corriente no se usaban grifos sino placas de cobre (Cuperplanktonne). Por ello la mística judía puso de moda los cruceros en alta mar, los cuales obligaron a llevar a cabo la ardua tarea de desalinizar el agua de las profundidades oceánicas. Paralelamente, empezaron a idearse los primeros dibujos animados, y las minifaldas de zinc repercutían en el desarrollo de la industria ferroviaria. Las palabras de tres sílabas adquirían en oriente medio ciertos rasgos teológicos, y Baudelaire encargaba una nueva colección de sellos. La influencia de la literatura de Toussenel se extendía por toda Europa antes de que la sociedad victoriana aprendiera a controlar las corrientes de aire (¿qué emerge, pues, de todo ello?, preguntaría Sísifo). Hobbes prefería soportar el peso de una monarquía antes que intentar afeitar la barba de un saintsimoniano, y ello debe hacernos pensar en algo relevante, que durante milenios se ha pasado por alto: detrás de cualquier postulado metafísico se esconde un intento desesperado de superar el vértigo. Y es que ya en 1895 se intentaba construir el primer rascacielos de gas natural, y Baudelaire adquiría una nueva colección de muñecas de porcelana.

El auge de la industria del ocio y el entretenimiento en las sociedades subdesarrolladas es también un factor a tener en cuenta: los tuberculosos cercanos a la orilla del Ganges empezaron a interesarse por el Positivismo lógico, y los primeros judíos exiliados en los Estados Unidos empezaban a pensar en la posibilidad de tener hijos. El arte por aquel entonces era un importante reto para la concepción darwinista de lo humano. Cuando Chagall descubría los terribles efectos de la mezcla de pigmento azul con abundantes dosis de dinamita escarlata, parecía transferir rasgos explosivos a la concepción tradicional de los asuntos humanos. Porque precisamente entonces Hegel descubría que la realidad tenía forma de círculo, y Baudelaire se hacía con su anhelada colección de neumáticos (phneumaticienne philantropie).

Podemos recurrir asimismo a una explicación gastronómica de la pugna entre Leibniz y Newton: el primero negaba que existiera alguna relación entre el cemento y el hormigón armado, pero al mismo tiempo se veía obligado a aceptar el carácter claramente rojizo de los labios de su contrincante. No es banal que, justo en aquella época, empezaran a tener éxito las sopas de letras (lletter soup mikimaus). Es muy probable que Aristóteles concibiera el primer libro de la Metafísica de pié en un taburete, y su manía de escribir en griego insinuaba ya, en términos de Benjamin, "la línea curva del estilo modernista". La peculiar concepción histórica de la filosofía tradicional parece culminar en los escritos kantianos, sobretodo si se leen un jueves por la tarde. Cuando Marx recurre a la imagen de la luciérnaga con el pelo erizado, mostrando de este modo la alienación de la clase obrera (que por aquel entonces, recordémoslo, no poseía pezuñas), estaba rompiendo, quizá sin proponérselo, el carácter marcadamente lúbrico de la prostituta en cuanto tal. Se habló durante mucho tiempo de cierto anciano de tez pálida, ojos brillantes y orejas peludas, amante del buen vino y de los cuchillos que cortan por los dos lados. Construyó su cabaña en medio del monte, sirviéndose sólo de pelas de plátano, y al pronunciar la palabra 'estrechez' vislumbró en la lejanía algo parecido a una mesita de noche. En este contexto, no es de extrañar que Schopenhauer muriera al escribir su nombre, teniendo en cuenta que las carreras de galgos eran en sus tiempos poco más que una utopía. De hecho, cualquier noción filosófica escrita en mayúscula no puede aspirar a ser más que un ideal regulador, y abusar de ella en un escrito de cincuenta páginas puede provocar pérdidas de orina. El flujo conceptual imparable del acontecer histórico sugiere que debemos irnos cuanto antes.

 

Ipseidad del flagelo dañado.

 

"No te comas un filete. Si no, los ojos de esa vaca te perseguirán por toda la eternidad"

Joyce, Ulises, el niño que aprendió a nacer de espaldas

 

Un leve anciano con ojos de niño sale a la calle para vislumbrar la soledad. En el reflejo de su propia mirada encontramos algo parecido a un lagarto arrugado. Cualquier persona gravemente enferma, justo antes de morir, acostumbra a preguntarse quién inventó el asfalto, por ello las grandes respuestas que la teología ha arrojado a la luz de los nuevos tiempos saben a vinagre. La disposición del mobiliario urbano en las grandes ciudades de la modernidad encierra en su interior algo dulce, que el propio Flaubert denominaría con la palabra azúcar. La invención del aeroplano da lugar a una nueva perspectiva: es ya posible defecar a cincuenta kilómetros de altura. Pero mientras unos vuelan desde la altura del astro, otros se hunden en el barro, y la cubertería de plata de alguien brilla en la vitrina de algún domicilio cercano. Todas las culturas milenarias han usado alguna vez algo parecido a un trapo para limpiar algo, en este sentido las sentencias de Bruno relumbraron en un instante oculto y calórico. El culto a los antepasados es una práctica recurrente, la imitación de conductas destinadas a la cohesión social se repite una y otra vez, y un dolor punzante en el estómago puede impulsarnos en ciertas horas del día a venerar a alguna divinidad azteca. En muchas tribus indígenas es costumbre arrojar vísceras de pato en las profundidades de un campo de trigo, viendo crecer al cabo de unos meses grandes y brillantes girasoles. Cuando se acercan las lluvias, en ciertas regiones caen botellas del cielo, que el brujo de la tribu interpreta como una ofensa de los dioses. Es entonces cuando el pueblo sacrifica a las mujeres, en medio de una hoguera impresionante, y los individuos más jóvenes del grupo aprenden a cepillar sus dientes con arena hervida. La tribu de los Klappatrunk reside desde hace miles de años en lo alto de una montaña en forma de pene. Allí es habitual el culto a los dioses, y cada dos meses aproximadamente el gran escultor de la tribu, denominado comúnmente Maeterlinkk, se dedica a esculpir una estatua en forma de ecuación de tercer grado, simbolizando de este modo la unión de todas las almas en algo parecido a un local de alterne. Las viviendas de los klappatrunkenses más humildes carecen de paredes y ventanas, pero sus inquilinos se protegen de las inclemencias del tiempo durmiendo boca abajo. El dios más venerado en esta tribu es Mossdeskuaddrre o guardián del sol, y los gravados que lo ilustran nos muestran a un gigante con los pies en forma de cruz, ingiriendo algo parecido a una remolacha. Los primeros antropólogos que mantuvieron algún contacto con la tribu no dejaron de asombrarse ante las peculiaridades de sus miembros. Algunos de ellos se mostraban increíblemente hábiles a la hora de practicar el salto de pértiga sin pértiga, y hasta los miembros menos experimentados conocían de memoria las reglas del billar. Sin embargo, los klappatrunkenses tardaron en adaptarse a la presencia de los exploradores de occidente, que eran denominados Kuluflippe o penes blancos. En todas las culturas es habitual el miedo a la invasión, por ello los primeros visitantes fueron expulsados con violencia del territorio klappatrunkense. No fue hasta 1894 que el gran gobernador de la tribu, Roottweillern, aceptó la presencia de individuos de tez blanca, siempre y cuando respetaran las costumbres más básicas de la zona, como por ejemplo la de andar pisando charcos o la de ingerir trozos de sílex y orinar a contraviento.

La tradicional visión de la naturaleza humana se puso en duda merced a los nuevos descubrimientos antropológicos, las tesis que defendían la univocidad en el uso de la ropa interior parecían sucumbir ante el descubrimiento del primer calzón elástico. "J'adore les enfants de moyen âge", afirmaba Rousseau, dando pie a las más grandilocuentes manifestaciones del romanticismo. Los grandes fisiólogos del momento se percataron de que los burgueses dilataban las pupilas el doble de veces que los miembros de la clase obrera, y ello impulsó a los primeros sindicatos a reclamar un repartimiento más equitativo de los candelabros de plata. Max Druide fue el primer francés nacido burgués de cintura para arriba y proletario de cintura para abajo. Sus extremidades pasaban alternativamente de la situación más precaria a las cenas más suculentas que cualquier obrero pudiera imaginar. Pronto se dió cuenta de la imposibilidad de seguir viviendo en constante contradicción, murió apaleado por sí mismo en un ataque de pánico. Druide había intentado anteriormente fusionar las distintas clases sociales, fue el primero de los utópicos. Avant la lettre, propuso un sistema de organización social revolucionario, en que la clase obrera vendía su fuerza de trabajo y a cambio obtenía una caricia en el cogote. El contacto físico era para Druide la única vía de comunicación entre las clases sociales, tan alejadas y con intereses muy distintos. Los primeros druidianos pertenecían a la burguesía parisina, y construyeron grandes bañeras para que burgueses y proletarios pudieran bañarse juntos en plena harmonía. Las primeras sesiones de la baignoire du progrès tuvieron escaso éxito, pero contribuyeron sin duda a la transmisión de enfermedades infecciosas de una clase social a otra, paliando de este modo una desigualdad insostenible. Ya entonces resultó claro que las doctrinas filosóficas podían movilizar a las masas, Marx constató este hecho poco tiempo después haciéndole creer a un proletario que Explotación era el nombre de una isla del océano Pacífico.

 

Actuación viril dramatizada.

 

"El liberalismo, desde luego, murió de ántrax. Pero las cosas no pueden hacerse por la fuerza"

Huxley, Un mundo feliz [tu padre]

 

Hay un cuadro de Fritz Langer que se llama Serotonina Summa. En él se representa a un bosque que parece como si estuviese a punto de cerrar por falta de público. Sus árboles son desmesuradamente frondosos, la hierba alta y pesadas las piedras. Y este deberá ser el aspecto de mi vecino del quinto. Ha vuelto el rostro hacia la cocina. Donde a nosotros se nos manifiesta una mujer obesa, él ve una masa amorfa que chilla incansablemente. Bien quisiera él acallar el continuo vaivén de decibelios, pero lo único que hace es rascar levemente algo parecido a un escroto. La modernidad ha introducido incluso en los hogares más humildes transistores y baldosas, cualquier intento de convertir el habitáculo en una estancia apacible queda anulado de inmediato por un arrebato de lujuria, que algún inglés cultivado podría denominar horterian fashion. Subyace a todo ello un acusado horror vacui, todo el mundo se da cuenta de repente de que alguien de su entorno familiar es aficionado a los bordados. A lo largo de la historia del pensamiento occidental se ha intentado reprimir una y otra vez la tendencia humana a acumular objetos inservibles, pero ello no ha impedido que las obras de Santo Tomás hayan permanecido detenidas en alguna vitrina, protegidas de las inclemencias del tiempo por algún monje aficionado a la experimentación de la nada. Por suerte, la aparición de la imprenta y la extraordinaria difusión de los periódicos no ha podido evitar que, en algún rincón del globo, exista algún analfabeto aficionado a la petanca (Pettankke Verstand).  

 

 

 

 

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