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La complejidad lingüística. Análisis de tres proposiciones

 

En el transcurso de este breve escrito intentaremos determinar a grandes rasgos los límites del lenguaje humano en tanto que medio para la representación de fenómenos y estados mentales. La representación lingüística se nos mostrará ya desde el primer momento como una herramienta poderosa pero compleja; constataremos que, detrás de cualquier proposición, por simple que pueda parecer, se esconde una variedad de aseveraciones implícitas y prejuicios del hablante.

Cualquier lector apasionado de Ludwig Wittgenstein habrá constatado que, para abordar cuestiones referentes al lenguaje humano, hay que atender al uso que hace de él el hablante común. De nada sirven aproximaciones abstractas, de corte metafísico, pues se muestran éstas incapaces de atender al significado concreto de las proposiciones y, además, tienen un sabor un tanto amargo, que dificulta el riego sanguíneo. Habrá que proceder, por tanto, ya desde un principio, al análisis de proposiciones concretas, sin apelar a entidades abstractas que puedan confundir y hacernos perder de vista el objetivo mismo del presente estudio.

Comenzaremos, por tanto, escogiendo al azar una proposición que bien podría expresar el hablante de a pié, ese que encontramos en la cola del supermercado, o el que está sentado en la taza del váter leyendo una revista e intentando encontrar, sin éxito, un rollo de papel higiénico. La primera proposición que abordaremos será, pues, la que expresa la oración siguiente:

 

'Hey, Eva, o me desatas o tendré que llamar a tu padre'

 

Vemos, en primer lugar, que la proposición tiene como forma lógica una disyunción, que se expresa concretamente a partir de la fórmula HevA!(Px Ú Qp934567895!!). La conectiva principal de la formula es evidentemente la disyunción, pero viene ésta precedida por una exclamación vehemente, que provoca que todo lo que se expresa después no sea sólo una disyunción sino la amenaza de un alcohólico con tendencia a las conductas sexuales de riesgo. Pero un análisis más superficial de la proposición, que hubiera contemplado simplemente las entidades abstractas que en ella aparecen, constataría lo siguiente: "la proposición ofrece una alternativa entre dos mundos, ontológicamente equidistantes. El individuo que profiere la oración se encuentra presionado por fuerzas exteriores que le traspasan, y en un acto de desesperación recurre a un mundo posible que no es más que la escapatoria que la situación fenoménica le ofrece. Bueno, eso y una ración doble de queso fundido". Vemos que este análisis abstracto de la proposición no alude a las características reales de la situación del hablante, no tiene en cuenta, en términos de Wittgenstein, el juego del lenguaje del cual forma parte. Pero no hay más que fijarse en lo concreto, en la contingencia en cuanto tal, para concluir que lo que ocurre en realidad es más complejo de lo que podría parecer a simple vista: aunque no sabemos nada del individuo que expresa la proposición, es evidente que se encuentra atado. No sabemos tampoco dónde está atado, pero no hace falta ser bailarín de claque para adivinar que quien le ha atado es Eva, que muy probablemente es una mujer de origen asiático (nadie amenazaría a una mujer occidental sin haber adquirido antes una colección de sables). La china ató al individuo A (de alcohólico) a algún sitio, supuestamente a una silla de caoba, y después se desnudó y empezó a chillar como una nutria en celo. Pero A se dio cuenta enseguida de que corría peligro, los pechos de la china seguramente tenían en sus puntas agujas afiladas, y por eso decidió expresar la proposición, pensando que así saldría a salvo de aquella embarazosa situación. Lo que pasa después no lo sabemos, pero al menos hemos podido determinar el juego del lenguaje, en este caso de características afrodisíacas, en el cual se enmarcaba la proposición analizada.

En segundo lugar, convendría centrarse en un informe de actitud proposicional, viendo todo lo que en él subyace, constatando que en él cobra el lenguaje un nuevo aspecto, mucho más desangelado (desangelated viewing desire):

 

'Manuela cree que me entretiene, pero yo sigo saltando, grito y me rasco el escroto'

 

En esta proposición aparece la descripción de un estado mental, nos encontramos por tanto ante una situación distinta y más complicada. Quien habla no es Manuela, al menos no es la Manuela que profiere el informe de actitud proposicional. Es decir, quien habla podría llamarse Manuela perfectamente, porque podemos hablar de individuos que se llaman como nosotros sin tener que cambiar de nombre, aunque sería mucho más práctico hacerlo, porque así evitaríamos confusiones y los funcionarios tendrían más trabajo, lo cual es conveniente. Pero aunque el hablante se llamase Manuela, parece que no está hablando de sí mismo (sólo hablan de sí mismos en tercera persona aquellos que padecen una sobredosis de novocaína o creen que lo que hay delante del espejo cuando se miran en él es un neumático de caucho). Tenemos, por tanto, a la Manuela observada y a la posible Manuela que observa. La posible Manuela que observa cree que la Manuela observada cree algo. Luego, cree que la Manuela observada está viva, pues por lo que parece los muertos no creen, porque si creyeran escribirían libros, los publicarían, obtendrían dinero y se mudarían a un nicho de lujo (y no hablemos ya de los que están incinerados). La Manuela que observa tiene un prejuicio, pues cree que la Manuela observada está viva y, además, cree algo. Alguien podría apuntar que el hecho de que la Manuela observada esté viva no es un prejuicio del hablante, pues se trata de una verdad analítica: quien cree algo está vivo, del mismo modo que un soltero es un no casado y vive tranquilo. Pero es importante preguntarse lo siguiente: ¿acaso le ha preguntado el hablante a la Manuela observada si efectivamente está viva? La respuesta es no. Por tanto, si no se lo ha preguntado, no tiene por qué deducir que lo está. Pero la posible Manuela que observa no sólo incluye de antemano, sin fundamento empírico, a la Manuela observada en el conjunto de los seres vivos. Considera, además, que la mujer en cuestión cree que la entretiene. Es decir, la Manuela que observa, observa de tal modo que se cree en condiciones de sostener que el sujeto observado tiene como estado mental la creencia de que está entreteniendo. Y del plano de los estados mentales ajenos, pasa el hablante a describir sus propias acciones, centrándose más en el ámbito de lo empírico: sostiene la Manuela que observa que ella misma sigue saltando (luego, ya estaba saltando antes, con lo que la proposición da un giro hacia el pasado y lo redime cual ángel de la historia), que grita y que se rasca el escroto. De nuevo afirmaría el defensor de las verdades analíticas: "si la Manuela que observa se rasca el escroto, es que tiene escroto para rascar, y sólo tienen escroto los varones; luego Manuela es varón y no es lícito pensar que se llama Manuela". Pero otra vez cabría replicar al filósofo tradicional, frotándole el cráneo con piedra pómez y mostrándole lo siguiente: la Manuela que observa habla efectivamente del escroto, pero en ningún momento afirma que esté rascando su escroto. Además, cuando afirmamos que sólo los varones tienen escroto estamos realizando una inducción incompleta, pues nos resulta tan imposible como indeseable examinar si todos los varones existentes poseen o no escroto. De la conjunción constante de escrotos no podemos derivar la idea de escroto en sí, relacionado con la noción misma de masculinidad. El examen de estas dos proposiciones nos proporciona ya una visión mucho más rica del lenguaje humano: éste está lleno de prejuicios y de contextos encubiertos, que el filósofo del lenguaje debe sacar a la luz.

Pero la complejidad del juego lingüístico se hace mucho más patente en la última proposición que analizaremos:

 

'No, no, de ninguna manera. Ah, gracias, estaría muy bien. Pero cuidado, no tropieces con la ensalada veraniega'

 

Se trata de un ejemplo claro de proposición "somebody-somebody": alguien que no conocemos le está hablando a alguien que tampoco conocemos sobre algo de lo cual no tenemos ni idea. Pero igualmente seremos capaces de entresacar, mediante el uso de los más eficaces instrumentos filosóficos, el contexto del cual emergen todas y cada una de las palabras que componen la oración. El elemento clave es evidentemente la ensalada veraniega. Se trata de un indicio temporal y gastronómico de primera categoría: sabemos que el hablante está en un restaurante (nadie se prepara en casa una ensalada veraniega, pudiendo preparar antes unos filetes empanados o una tortilla vuelta y vuelta). Además, es evidente que la acción transcurre en verano, y sabemos que en ella se ven involucrados dos individuos de clase alta ('no, no, de ninguna manera' es una expresión claramente burguesa, que tiene su origen en la creación de los primeros burgos, a partir del aumento de la actividad comercial en las costas del mar Mediterráneo). Dividiremos para más comodidad la expresión en tres partes, separadas unas de otras por los puntos y seguido. La primera parte está compuesta por una negación que encubre un deseo: usamos expresiones del tipo 'no, no, de ninguna manera' cuando alguien está dispuesto a hacer algo beneficioso por nosotros pero, por educación, rehusamos el ofrecimiento, conscientes de que finalmente nuestra petición no será tenida en cuenta. Si, por ejemplo, entramos en un concesionario y la vendedora nos ofrece su cuerpo y quiere iniciar un intercambio de fluidos, nosotros nos negaremos por educación y al mismo tiempo intentaremos determinar el modo más rápido y efectivo de conseguir preservativos. En la proposición que nos ocupa, muy probablemente el hablante ha recibido una propuesta: su compañero de mesa se ha percatado de que el hablante tiene la bragueta desabrochada y se ha ofrecido a abrochársela. En un primer momento el hablante se resiste, como hemos dicho, por educación. En la segunda parte cambia bruscamente de opinión y acepta el ofrecimiento. Pero en la tercera parte el hablante advierte que sus genitales son extremadamente sensibles y por ello piensa que quizá, al levantarse, su interlocutor pueda tropezar y, para no caer, se apoye en sus testículos y le agreda sin querer. La última parte de la proposición es, en términos de Frege, una "advertencia destinada a la no agresión futura". Ha quedado determinado pues, claramente, el contexto del cual emerge una proposición de la que, a simple vista, no sabíamos nada.

¿Qué conclusión debemos extraer de todo ello? En primer lugar, resulta claro que el lenguaje no es lo que parece. Caminando en plena noche podemos distinguir en la lejanía a una mujer atractiva, con tacones y muy bien maquillada. Sin embargo, podría salir de repente el sol, mostrándonos que en realidad lo que se acerca a nosotros sin pausa es un puerco espín agresivo. Lo mismo ocurre con las proposiciones. Podría yo decir 'no me aprietes el estómago, majadero', y lo que en un primer momento parecería un insulto o una advertencia podría muy bien ser en realidad una declaración de amor eterno. ¿No nos podemos fiar, pues, del lenguaje? Evidentemente debemos fiarnos de la impresión que causan en nosotros las proposiciones lingüísticas, pero no vendría mal que nos hiciéramos con una lente de aumento.

 

[Nota del traductor: los fragmentos que siguen están escritos en un dialecto en desuso del alemán, que sólo Portamnor conocía y que usaba cuando la temperatura ambiente superaba los veintitrés grados centígrados. Incluimos estos fragmentos tal y como aparecen en los manuscritos, esperando que en un futuro puedan ser traducidos por algún estudioso capacitado para ello]

 

"Exclaimen, trei trei (potemkin):

 

"Ay, Carmen, veste'n tú, veste'n tú, no em guariràs pas de ma ferida"

 

¿Telefunken?Realitinng show: as Wittgenstein. Gootenn grassen, going to the autopista. ¿Autopista o autopsia? Non, non, autopista, cony, autopista...

 

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Baaaaaachtús, disculpen, Müller-Lager, ten berger ontos on tonto rón".

 

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